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La lucha por la independencia, más actual que nunca

ver también: “Por la segunda y definitiva independencia”

La CEO-lebración de la DEPENDENCIA

Pedir perdón por la revolución de independencia. Besar la mano del antiguo amo. Besar las botas del amo actual. Repudiar la ironía de haber nacido en América Latina y no en Europa o (norte) “América”. Ponerse en la primera línea de la lucha proimperialista. Ser peón gustoso del tablero geopolítico. Pisar la cabeza del pueblo. No hace falta decir mucho más respecto de lo que significa la expresión política de los sectores más poderosos de nuestro país.

“Quiero pedir disculpas por los últimos años. Sé de los abusos que han sufrido los capitales españoles y les agradezco la paciencia”, dijo el ministro de Hacienda Prat Gay en su intervención en el Foro de la Nueva Economía en Madrid hace unos pocos meses. Hoy, el gobierno argentino invita al rey “emérito” de España al cumplirse el bicentenario de la Declaración de la Independencia. Juan Carlos Borbón nada menos que el rey franquista viene para esta fecha en la que además se cumplen 80 años del inicio de la Guerra Civil Española.

El ataque a los símbolos, a la identidad y a la dignidad más elemental está, por supuesto, asociado a la entrega económica (buitres, deuda, FMI, blanqueo de capitales, levantamiento de las restricciones a extranjeros a comprar tierras) y a la “cooperación” en materia militar, de inteligencia y de seguridad.

¿Qué quedó de la fiesta “nacional y popular”?

El contraste entre la importancia y el carácter que el actual gobierno le da al bicentenario de la independencia y el que tuvo el bicentenario de la Revolución de Mayo es nítido. Sin embargo… ¿qué quedó en términos de fuerza organizada de los megafestejos? Poco. ¿Qué coherencia había entre esa celebración y la perpetuación de la dependencia? Ninguna.

Se construyó la idea de que habíamos alcanzado el mejor de los mundos posibles. Ya se había ganado. Esto era parte de la función de suturar la falta de confianza en las instituciones y el estado. Pero el problema es que muchos militantes se sumaron con expectativas genuinas de aportar a una transformación. Se reconocía que “faltaba” pero en la práctica creyeron que el proyecto estaba consumado. Y que eso que faltaba se conseguiría sin organización y sin lucha, sería una medida de gobierno a ser aplaudida y “recibida”. Para muchos de los militantes realmente interesados en una transformación, por el camino del posibilismo y el mal mayor, se llegó a la enorme confusión de creer que los gobiernos kirchnerista eran la cúspide, eral el punto de llegada de una larga historia desde la resistencia a la conquista, a los objetivos de nuestros 30.000, pasando por el proyecto de independencia y de las luchas de los trabajadores.

No podía ser de otra manera cuando la función de esos gobiernos fue recomponer una institucionalidad que se había caído a pedazos. He ahí el tabú, la limitación insuperable de reconstruir la historia partiendo del temor al “fantasma del 2001”. Por eso el “festejo” de lo que se presentaba como un proyecto realizado, y no como una tarea pendiente. Por eso la escisión entre un pasado en el que había que aceptar el derecho a la rebelión y la violencia revolucionaria, y un presente en el que ante todo estaba la defensa de las instituciones, del orden establecido.

“Ser por lo menos más revolucionarios que la burguesía más «revolucionaria»”

Hace doscientos años, en Tucumán los congresales declaraban “solemnemente a la faz de la tierra que, es voluntad unánime e indudable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli.” Días más tarde, gracias a la acción del ala radical del proceso, con San Martín y Belgrano a la cabeza y la pluma de Medrano, se agregaba “y de toda dominación extranjera”. Los terratenientes, los grandes comerciantes, los conservadores, los esclavistas locales venían negociando una salida menos tajante, buscando algún reyezuelo por la Europa contrarrevolucionaria de la Santa Alianza.

“Pero, por muy poco heroica que la sociedad burguesasea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sinembargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerracivil y las batallas de los pueblos”, escribió Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Y eso es tan cierto para Europa como para Nuestra América. También lo es que una vez consolidada en el poder, la nueva clase dominante debía negar para la clase obrera el derecho a la revolución que ella misma había invocado y que, con temor, había soportado que llevaran adelante los dirigentes más radicales y el pueblo decidido.

No es casual el desconocimiento que tenemos respecto del documento que acompañó como anexo el acta de la independencia, el “Manifiesto que hace a las naciones el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sobre el tratamiento y crueldades que han sufrido de los Españoles y motivado la declaración de su Independencia”[1]. Tenía razón San Martín al lamentar que la fundamentación no se hubiera incluido en el texto del acta.“Desde que los españoles se apoderaron de estos países, prefirieron el sistema de asegurar su dominación, exterminando, destruyendo,  y degradando. Los planes de esta devastación se pusieron luego en planta y se han continuado sin intermisión por espacio de trescientos años”, sostiene el Manifiesto.“La posteridad se asombrará de la ferocidad, con que se han encarnizado contra nosotros unos hombres interesados en la conservación de las Américas (…) Ellos procuraron desde entonces dividirnos por cuantos medios han estado a sus alcances para hacernos exterminar mutuamente. (…) Ellos no sólo han sido crueles, e implacables en matar: se han despojado también de toda moralidad y decencia pública, haciendo azotar en las plazas religiosas ancianos, y mujeres amarradas a un cañón, habiéndolas primero desnudado con furor escándalos, y puesto a la vergüenza sus carnes. (…) Ellos han faltado con infamia, y vergüenza indecible a cuantas capitulaciones les hemos concedido en repetidas veces que los hemos tenido debajo de la espada (…).”

Llegará el día, más temprano que tarde, en los que seremos nosotros los que pasaremos en limpio las crueldades y las infamias a las que nos ha sometido y nos sigue sometiendo aquella misma clase que conseguidos sus mezquinos intereses inmediatos exterminó a los revolucionarios de la independencia nuestroamericana. Hoy sabemos que la felicidad colectiva, objetivo supremo del ala radical por el que valía la pena sacrificarlo todo, no puede ser otra cosa que el socialismo. No tenemos derecho a pensar que la liberación nacional y social los conquistaremos sin lucha. Eso nos lo han enseñado Marx, Lenin, el Che, y también San Martín, Belgrano, Moreno. Sería una ingenuidad creer que esa clase dominante genocida, que ese imperialismo genocida, cederán su poder. Por eso la definitiva independencia es una tarea pendiente. “Nosotros hemos grabado esta declaración en nuestros pechos, para no desistir jamás de combatir por ella”.

Valeria Ianni

[1] Todos los fragmentos que siguen fueron extraídos de Bonifacio del Carril, La declaración de la independencia, Emecé Editores, Buenos Aires, 1966.