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Editorial: La sangre que nos deben

“ya he guardado mis últimas lágrimas
(…) suprimo la súplica, el llanto, la piedad,
me pongo un fusil como banda de sonido,
sentaré a los yanquis en butacas de sangre
y después de la función mi puma pasará
por sus cuellos a cobrar lo que nos deben”
Julio Huasi; “Arte Poética IV”

 

Se cumplen cuarenta años del golpe genocida, fecha que al unísono aparecerá marcada en nuestros calendarios por el arribo del presidente de los EE.UU. “A la realidad le gustan las simetrías”, planteaba en uno de sus mejores cuentos un escritor tan singular por su talento como por su deriva política reaccionaria. Así es que en este aniversario redondo de cuarenta gritos, nuestro país será visitado por el mandatario de la principal potencia imperial contemporánea, la que no casualmente fue promotora del genocidio en nuestra patria, así como hoy promueve la guerra y el saqueo.

Obama: el demócrata moreno que fue esperanza de muchos espíritus socialdemócratas y no tardó en cumplir con la ley de todo buen “progresista”. Así como planteara Rosa Luxemburgo hace más de un siglo, que un ministro socialista en un gobierno burgués no cambia el carácter de clase del Estado sino que él se vuelve un burgués, un presidente negro en la mayor potencia imperial no borra el apartheid, sino que lo camufla. Bajo el mandato de Barack Obama deportaron de EE.UU. a más de dos millones de personas. La migración proveniente de los países centroamericanos y sudamericanos no fue bienvenida, pese a que dicha potencia no tiene pruritos étnicos ni raciales para que sus empresas transnacionales se instalen en el subcontinente, dispuestas literalmente a arrasar con todo. La presidencia de un estadounidense con reminiscencias africanas no impidió que la población negra estadounidense, el 15% del total del país, viva notablemente peor que la caucásica, ni que siga acrecentando ese 35% de la población carcelaria, o que encabece los ránkings de indigencia y fracaso escolar; o que las torturas y ejecuciones policiales se ensañen particularmente con ellos en Baltimore, Ferguson, Chicago o donde sea.

Aquí, en nuestros pagos, la gestión de Cambiemos no escatima gestos de genuflexión hacia la gran burguesía local ni hacia el imperio: en 100 días se depreció en un 50% la moneda local y se eximió de impuestos a monopolios varios; se prepara el desembolso multimillonario para las fondos buitre; se revitalizan las relaciones carnales con EE.UU, hablando incluso de un proyecto de Tratado de Libre Comercio.

Los “vientos de cambio” con los cuales la actual gestión pretende barrer con todo vestigio de retórica nacionalista, muestran sus efectos. Encajan con la política imperial de recuperar terreno en el subcontinente para una restauración conservadora a fondo. Es en ese marco que la principal potencia terrorista a nivel mundial nos visita, cínicamente, en el aniversario de la instauración del Terrorismo de Estado. El bombardeo de civiles, incluyendo hospitales; la promoción de golpes de estado; las operaciones militares clandestinas en más de 700 bases militares extraterritoriales (que bajo presidencia de Obama han aumentado, especialmente en Europa del Este) y los colaterales ejércitos de mercenarios en zonas de ocupación… Todo ello pertenece a políticas de estado. Así como hoy Obama puede hacer declaraciones contra el racismo y hablar de reformas migratorias mientras sus policías acribillan negros en las barriadas, antaño Jimmy Carter denunciaba públicamente a regímenes que el propio Pentágono asesoraba, entrenaba y financiaba, y todo en simultáneo.

La ligazón de la dictadura genocida no sólo con el empresariado nacional y foráneo, sino con el Departamento de Estado yanqui, es orgánica e indisoluble. Quien no vea en nuestras dictaduras un plan continental contrarrevolucionario será víctima de explicaciones pseudocientíficas, como la llamada “Teoría de los dos Demonios”, o las burdas demonizaciones de la guerrilla que parte de cierta izquierda institucionalizada ha adoptado como propias. Porque la dictadura (y así fue en todo el continente) vino a cortar un proceso de lucha masivo y por el socialismo, y no fue la “reacción” a tal o cual acción armada del ERP o Montoneros. La dictadura vino a aniquilar, sí, a las organizaciones revolucionarias pero además a suprimir a una generación de luchadores sociales más allá de ellas, y además a cortar la ligazón popular que el proyecto socialista iba ganando.  En ese proceso, la subordinación del Ejército Argentino a los intereses imperialistas fue total y absoluta. Así como en la década de 1880 había servido a la oligarquía local e inglesa asesinando aborígenes en la Patagonia, o cuarenta años después, aniquilando peones huelguistas, el ejército volvió a escribir una página de deshonra, en las antípodas de la gesta sanmartiniana o de la resistencia al invasor tras la Revolución de Mayo. Vía la Escuela de las Américas, dependiente de los EE.UU., los militares criollos (y del resto del continente) se especializaron desde 1963 en la tortura y la contrainsurgencia. Más de 60.000 cuadros militares, policiales y civiles fueron entrenados por EE.UU. en ese antro, radicado por entonces en Panamá y trasladado décadas más tarde al propio suelo yanqui, en Georgia. Entre sus egresados se hallaron Videla, Massera y Agosti, y centenares de otros mercenarios de vuelo rasante, especialistas en torturar mujeres, en vejar prisioneros previamente amarrados, en picanear hombres, mujeres y niños, pero incapaces de repeler desde un archipiélago a un ejército cinco veces menor en número.

Este 24, pese a la salida del gobierno del populismo y el ascenso de un gobierno abiertamente derechista, tampoco habrá una sola marcha, ni un grito unificado. Eso no será posible, pero no por “la intransigencia de la izquierda”, ni por “el sectarismo”. El movimiento de DD.HH. en nuestro país, al igual que buena parte del movimiento popular, se ha dividido frente a la relación con el Estado. Hoy, pese a que el kirchnerismo no es gobierno, la divisoria se mantiene. Y ese fraccionamiento no radica en los reales problemas de coordinación existentes en nuestra izquierda, sino en el rechazo programático a la confrontación con el gobierno que posee la dirigencia kirchnerista; en el abandono sistemático de consignas históricas de algunos referentes y organizaciones respecto del no pago de la deuda externa; en la ausencia total de autocrítica del kirchnerismo, que impide a muchos gritar fuerte que la Ley Antiterrorista debe ser derogada ya, pese a que ahora pueda ser el PRO el que la aplique sobre la propia militancia peronista, y no solo sobre la izquierda. Pese a la honestidad y convicción de muchísimos militantes de base, que aún apuestan a un idílico regreso del FpV, poco compatible con su actual desbandada legislativa o la pasividad de sus mateadas en las plazas, esas diferencias exponen distintas estrategias.

Una de las dimensiones de la derrota que nos infligieron como pueblo es la aniquilación física, el terror subsistente. Otra, no menor, consiste en el desarme político e ideológico. ¿O en qué marco ubicar si no es en ese desarme, el hecho de deslizar de manera descendente la bandera de la lucha por el socialismo de los 30.000 desaparecidos, para izar en su lugar, y con sigilo, la del capitalismo nacional, la del el culto a lo posible, la de la opción por lo menos malo? Cuando se desplaza con tenacidad militante hasta del vocabulario cualquier cuestionamiento al statu quo; y a la vez se pretende homologar aquella heroica lucha revolucionaria con la resignación adaptativa actual ¿no se expresa también la derrota? La bandera de los 30.000 es demasiado grande para que se use como paño en las mesas de dinero de Cristóbal López; es demasiado valiosa para que le posen sus manos encima los burócratas cegetistas que buchoneaban compañeros en los setenta y hoy viven como empresarios; es demasiado cristalina para salpicarla con los Milani, los Berni o la rémora duhaldista de Aníbal Fernández y Capitanich.

Se cumplen cuarenta años del golpe. Ganaremos las calles para recordar a nuestros compañeros. Lo haremos en unidad con todos los que repudien el genocidio de ayer, el saqueo de hoy, la visita del amo imperial. Nosotros marcharemos con todas las banderas en alto: las de una patria donde quepamos todos; las que sostuvieron con su cuero miles de compañeros. Las del Che, que son también las de Santucho: las banderas que nunca canjearemos, las del socialismo.

Nosotros no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Y los yanquis y sus sirvientes, los milicos cipayos, alguna vez tendrán que pagar la sangre que nos deben.