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Fogatas y barricadas: A 47 años del Cordobazo

En las fogatas callejeras arde el entreguismo,
con la luz, el calor y la fuerza del trabajo y de la juventud,
de jóvenes y viejos, de hombres y mujeres.
Ese fuego que es del espíritu,
de los principios, de las grandes aspiraciones populares
ya no se apagará jamás.
Agustín Tosco, Penal de Rawson, junio de 1970.

A las once ya no trabajaba nadie. Así se había votado, así se había planificado el paro de 37 horas que comenzaba ese 29 de mayo. Los obreros habían abandonado las fábricas con férrea disciplina, organizados en el recorrido a cumplir, y junto a los estudiantes universitarios formaron columnas cohesionadas que fueron copando el centro de Córdoba. Iban dispuestos a responder a la represión: miguelitos, molotov, gomeras; la cana no se los iba a llevar puestos así no más. No esta vez. No sería descabellado decir que se retomaba el hilo rojo de luchas pretéritas, de otras barricadas y que se engarzaban a las resistencias de obreros y pueblos de distintas latitudes.

La policía y los trabajadores tienen los primeros encuentros cuando estos últimos quieren ingresar al centro. Comienzan a contarse los heridos, las detenciones. En la columna de la fábrica IKA marchan 3.000 trabajadores. Cuando llegan a Boulevard San Juan y Arturo M. Bas -después de haber superado cordones policiales- cae el primero de entre sus filas, Maximo Mena. La noticia corre en motocicleta, llegando a las otras columnas obreras y estudiantiles. La rebelión estalla.

La dictadura de Onganía venía aplicado las recetas del liberalismo (congelamiento de salarios, suspensión de los convenios colectivos de trabajo, devaluación, privatización en materia petrolera) junto a los primeros ensayos de la Doctrina de Seguridad Nacional: censura y represión. Maridaje histórico de ajuste y palo para el proletariado y el pueblo. La autoproclamada “Revolución Argentina” festejaba en la Capital Federal el Día del Ejército Argentino. Justito cuando la clase obrera cordobesa los estaba haciendo recular a puro coraje, a pura fogata. Tomando las calles, saboteando el suministro de electricidad en toda la ciudad, atacando las sucursales de las importantes empresas, las comisarias, el casino de oficiales.

Esos obreros que dejaron la fábrica ese día y que luego construyeron barricadas, apoyados por el pueblo cordobés, no tomaron sólo una ciudad, tomaron la historia para ellos mismos. Por 20 horas aguantaron y demostraron que la historia no es propiedad inmanente de una clase parasitaria, que el enemigo no es invencible, que con organización es posible hacer trastabillar a cualquier gobierno, incluso a una dictadura militar. Pusieron a prueba el precepto por el cual el pueblo y los trabajadores tenemos derecho a usar la violencia, porque es violencia lo que nos sucede diariamente vendiendo nuestra fuerza de trabajo a los patrones, y son violencia las otras injusticias, aquellas todas, simbólicas y materiales. Y el enemigo, en los momentos decisivos no quiere perder su condición de privilegio, su lujo, su yate y su mansión.

El Cordobazo está vigente por varias razones. La más evidente implica la comprensión de que la lucha sindical sigue siendo la escuela de la clase obrera para dar peleas por programas más amplios, en el marco político. Es además, vigencia toda su vibrante unidad entre distintas tendencias de la clase si es para luchar, es vigencia la unidad entre el movimiento obrero y los estudiantes. Es lección el Cordobazo hoy, que las condiciones son más acuciantes, lo fue ayer cuando parar contra el gobierno era cosa de “golpistas”. Está vigente hoy porque aún tenemos por delante nuestra emancipación como clase; de todos los patrones, los que portan globos y cara de garcas y los que a fuerza de desanudarse la corbata nos han querido hacer creer que nuestras máximas aspiraciones debían ser las 12 cuotas y las paritarias por debajo de todas las inflaciones posibles.

En tiempos de lobos, combatir a los lobos; en tiempos de lobos nunca añorar chacales. Y a prender nuevas fogatas, a levantar nuevas barricadas que la historia sigue y nos queda por delante vencer.

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