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Un balance en ROJO (Parte II)

En la última edición de La Llamarada, iniciamos un balance sobre el modelo productivo que nos deja el kirchnerismo luego de 12 años. Un balance que poco se condice con el discurso oficial de un país soberano, desendeudado. Pero el mismo sería incompleto si no pensamos en cómo nos afectó a quienes hacemos funcionar la Argentina, a los que producimos la riqueza de nuestra patria, a los laburantes. La distribución del ingreso que no se ve cuando un laburante pierde la vida en una escuela en la Provincia de Buenos Aires y otro trabajador golondrina desaparece en el sur del país. La distribución del ingreso que no se ve cuando uno tiene que pagar ganancias como si fuese un empresario y a otro no le alcanza para llegar a fin de mes.

“Me matan si no trabajo…..”

La reactivación económica durante el período kirchnerista se basó, en parte, en el default del 2001 que permitió redireccionar una porción de los ingresos del Estado. La devaluación que permitió aprovechar las mejores condiciones internacionales para los países productores de bienes primarios, fue el otro motor de la recuperación de la tasa de ganancia en la Argentina. Mayores ingresos en pesos y, también, menores costos en dólares. Esto trajo aparejado una recuperación en la producción industrial y, por ende, en el nivel de empleo.

Este aumento en la ocupación de la mano de obra se da mayoritariamente en los primeros cuatro años de gobierno de Kirchner, período en el que la desocupación baja del 16,1% en el 2003 al 8,3% en el 2007. Los principales sectores que crecen son la construcción (que pasa de 164mil puestos de trabajo a 437mil), el comercio (de 600mil puestos pasa a casi un millón), la industria (de 800mil pasa a más de un millón) y los empleados de servicios financieros e inmobiliarios que de 500mil pasan a 800mil.

Esta rápida recuperación y sin inversión productiva, se sostiene en el uso de las fábricas y máquinas ociosas. Y, así, encuentra rápidamente su límite junto con el modelo económico: la desocupación se mantendrá constante durante los años de gobierno de Cristina entre el 8% y el 7%, teniendo picos de 9% durante la crisis internacional. Los sectores más dinámicos como la construcción, la industria automotriz, la de alimentos, son las primeras en sufrir un retroceso o un freno.

Este nivel de desempleo estructural es típico de todas las economías capitalistas. Como ya dijo nuestro querido Marx, el ejército industrial de reserva es una gran masa de trabajadores que están desempleados, tienen empleos altamente precarios, transitorios, etc. y que genera que el salario no crezca más allá de lo necesario. Si todos los que quisieran trabajar estuvieran empleados, los laburantes podríamos exigir el salario que quisiéramos y a los patrones no les quedaría otra que pagarlo porque no tienen a nadie más para contratar. Pero el desempleo estructural funciona como el mejor elemento disciplinador de nuestra clase.

Históricamente, en la Argentina este ejército de reserva solía ser la mitad que el actual. La flexibilización laboral sufrida desde la última dictadura y la reconversión productiva de los 90 hizo crecer este piso. Cualquier trabajador mayor de 24 años recuerda las largas filas de desocupados durante la crisis, y eso pesa en la conciencia de los laburantes. Una generación entera que no termina de perder el miedo a quedarse sin trabajo puede ser más peligroso para la organización de lo que se cree.

El motor interior

Como dijimos, las exportaciones basadas en los productos primarios son el puntapié inicial de la recuperación económica. Pero la devaluación conlleva un doble efecto: el encarecimiento de los productos importados con la tibia reactivación industrial por un lado; y el crecimiento en el nivel de empleo y de salarios para consumir lo que se produce internamente por el otro.

Al analizar la composición del comercio exterior, se reduce la participación de los bienes de consumo en las importaciones. Es decir, una cierta sustitución de importaciones en el rubro automotor y en el tecnológico. Pero esto no tapa que, al caer la importación de bienes de consumo, ha aumentado la de bienes intermedios y piezas, transformando el proceso productivo en un proceso de ensamblaje.

El otro efecto de la devaluación es el crecimiento en la producción de ciertos sectores. Pero los precios de los bienes industriales caen a nivel internacional, por lo que es necesaria la recreación de un mercado interno para el consumo de los productos ensamblados en el país.

Así, el kirchnerismo ve la necesidad de impulsar el crecimiento del empleo y el salario real. Por un lado, por la imposibilidad de sortear la crisis del 2001 con niveles de desocupación del 16% y la consecuente inestabilidad de todo el sistema político argentino. Y por otro lado, consumir lo que se producía acá y no se podía vender afuera.

Frente a esta necesidad, el kirchnerismo vuelve a habilitar las paritarias. La alianza entre la burocracia sindical (con Hugo Moyano a la cabeza) y el poder político, permitió mantener un pacto social encubierto donde el aumento fijado a un gremio se reproduce para el resto. Así, los gremios más chicos se ven beneficiados por el peso específico de camioneros. Pero el Estado sigue manteniendo el control del porcentaje de aumento, como una variable más.

Así, entre el 2001 y el 2013 el salario real crece, según el Ministerio de Trabajo (tomando éste la inflación de las consultoras privadas) un 42,9%. Es por este aumento (sobre todo en ramas como camioneros, comercio, metalúrgicos), que una porción importante de nuestra clase empieza a pagar el mal llamado Impuesto a las Ganancias, cuando el salario real crece por encima de lo deseable.

“…y si trabajo me matan” (la precarización)

Como dijimos anteriormente, los sectores que más crecen en el nivel de empleo son la construcción, el comercio y la industria. Pero la creación de puestos de trabajo no revierte una tendencia estructural desde la última dictadura militar: la precarización laboral. La misma se encuentra en los niveles altos promedio de los 90, alrededor de un 35%. Pero el panorama es aún más desalentador si se estudia por sector o por zona: en la construcción la informalidad laboral supera el 70%, y se ubica por encima del 40% en provincias como Córdoba o el 50% en Chaco.

Pero, además, la precarización golpea a algunos más que a otros. En las mujeres alcanza a un 40%. Y la peor parte se la lleva la juventud en todos sus colores: según el Ministerio de Trabajo, un 64% sufre la informalidad laboral. Además, buena parte de los desocupados que nutrían al movimiento piquetero en los 90, son absorbidos mediante programas de empleo del Ministerio de Desarrollo Social o Trabajo como el Argentina Trabaja o el Programa de Trabajo Autogestionado, reforzando el parche con trabajos mal pagos y de pocas horas.

El panorama, entonces, es de un primer momento de concesiones desde arriba para impulsar el consumo interno. Pero, sobre todo, de una clase trabajadora diezmada por los años de desocupación estructural y de altos niveles de precarización laboral. Así, nos encontramos con una clase heterogénea donde hay una porción de laburantes que pagamos “Ganancias” en los sectores productivos de mayor rentabilidad. Y un sector aún más amplio, a quienes nuestro salario no nos alcanza para cubrir el costo de vivir, que tenemos que rebuscarnos la vida para llegar a fin de mes y para no perder la vida a causa de las pésimas condiciones de trabajo que padecemos.

Freno de mano

Como explicábamos en la edición anterior de La Llamarada, con la crisis internacional del 2008 entran en riesgo los endebles pilares de un modelo basado en la producción de productos primarios y en el consumo interno.

Esta crisis se expresa en el nivel de empleo en el sector privado: entre el 2008 y el 2010 apenas se crean 60mil puestos de trabajo. Se recupera un par de años, y luego se vuelve a estancar: entre el 2012 y el 2014 sólo se crean otros 60 mil lugares de trabajo. Es decir, el nivel de empleo se sostiene con la incorporación de miles de laburantes a la administración estatal (nacional, provincial y municipal).

La industria en general es uno de los sectores más afectados. Del 2013 al 2014 se pierden 16 mil puestos de trabajo en el sector, principalmente en la industria metalúrgica y la automotriz. En el corto plazo, el panorama es aún más sombrío dada la caída en el nivel de actividad en Brasil, que repercute directamente en las exportaciones de autos al país vecino.

Pero es el sector de la construcción el más golpeado. Por un lado, como explicábamos anteriormente, por el nivel de precarización que sufren los laburantes. A su vez, porque ante un freno en la economía de la Argentina, este sector es el primero en retroceder. Así, con subas y bajas, la construcción está estancada y desde el 2008 no crea nuevos puestos de trabajo. Y como consecuencia, en los servicios inmobiliarios también se sufren los despidos al punto que desde el 2010 a la fecha se destruyeron casi 40 mil puestos de trabajo.

Frente a este nuevo panorama, el Gobierno Nacional recupera una herramienta llamada REPRO. El mismo consiste en subsidiar a las empresas mediante el pago de una parte del sueldo de sus obreros para que no los despidan. En el 2009, se subsidió a empresas para que no despidieran a 144mil trabajadores. Esta cifra fue cayendo en el tiempo, para volver a aumentar en el 2014, al tiempo que subía también el monto subsidiado llegando a $2000. Es decir, un monto igual al Programa Argentina Trabaja y bastante más que el Programa de Trabajo Autogestionado para cooperativas, que es de $600.

Estos subsidios llegan a grandes empresas. Es decir, el Estado termina bajando artificialmente los costos de las empresas o, lo que es lo mismo, subsidiando la tasa de ganancia en lugar de prohibir a las empresas el despido de sus empleados.

Todas estas políticas demuestran la incapacidad de la economía argentina de generar nuevos puestos de trabajo. El “modelo productivo con inclusión social” mantiene más de un millón de personas que quieren trabajar y no pueden. Y otro millón y medio de personas que quieren trabajar más de lo que pueden actualmente. Es decir, dos millones y medio de personas que, más allá de las luces de los discursos y las tasas porcentuales en los informes, sufren todos los días el no poder laburar. Tener que rebuscárselas cada día para poder comer algo al final del día. Y la discriminación diaria del kirchnerismo cuando dicen que estamos bien porque “sólo” dos millones y medio de personas no pueden trabajar todo lo que quisieran. En una sociedad que nos tilda de vagos por cortar rutas pidiendo trabajo, ésta es la otra cara de la moneda. Somos la vagancia obligada del capitalismo.

Quién se lleva la torta

Como dijimos anteriormente, el salario real aumentó un 42% desde el 2001. Si a esto se suma el crecimiento en el nivel de empleo que se da entre el 2003 y el 2007, se explica la mejora en la distribución funcional del ingreso. Es decir, cuánto del valor producido en el país queda en manos de los trabajadores y cuánto es apropiado por los dueños de los medios de producción.

Pero, ¿qué es lo que esconde la distribución funcional del ingreso? La lucha entre dos clases por la apropiación del valor producido por los trabajadores. Es por eso que, desde la última dictadura militar, se dejara de realizar este tipo de estudios y en el último tiempo se hayan recuperado solo parcialmente. Esta distribución expresa, en parte, la correlación de fuerzas existente. Ante el crecimiento en el nivel de empleo y la necesidad de una fracción de la burguesía de recrear un mercado interno, los laburantes nos encontramos en mejores condiciones para recuperar, mediante el empleo y el salario, parte del valor que producimos.

Esta concepción del peronismo de una situación de equilibrio porque el valor se distribuya en un 50 y 50, tiene de fondo la idea de la conciliación de clases. La idea de que dos clases antagónicas pueden convivir repartiéndose el ingreso en partes iguales. Pero lo único que genera valor es el trabajo. El capital, las máquinas, los empresarios, nada pueden hacer si no tienen trabajadores que produzcan. Y los laburantes ya hemos dado claras muestras de poder sostener la producción sin patrones. Es nuestra clase la única que aporta algo productivo a la sociedad, es nuestra clase la que sólo tiene su cuerpo y su fuerza de trabajo para vivir. La justicia social sería entonces que sea nuestra clase la única que se apropie de ese ingreso.

Nuestra clase

Este cuadro general del modelo económico del kirchnerismo define la situación general del trabajo que se expresa en nuestras fábricas, en las calles, día a día. La correlación de fuerzas que se expresa en la distribución del ingreso, se manifiesta también en los conflictos laborales. Los mismos fueron creciendo durante la gestión kirchnerista, tanto en cantidad como en envergadura. A medida que se deja atrás la crisis del 2001 y 2002, se van desarrollando cada vez más conflictos que involucran a una mayor cantidad de trabajadores y en fábricas más grandes, llegando a un pico de 1335 conflictos laborales con paro en el 2014.

Durante los primeros años del kirchnerismo, la mayoría de los conflictos laborales se producen por reclamos salariales y por mejores condiciones laborales, creciendo en los últimos años la pelea por el no pago del Impuestos a las Ganancias. En la puja distributiva, los trabajadores empiezan a entrar en conflictos por mejorar sus condiciones de trabajo, cuando antes se prefería tener un trabajo malo antes que no tenerlo. La mayoría de estos conflictos se desarrollan en el ámbito estatal. Un ejemplo de esto fueron los 17 días de paro de los docentes bonaerenses en marzo de 2014.

Con el desarrollo de la crisis internacional, el nivel de conflictos empieza a crecer nuevamente. Y pasan a la cabeza aquellos en los que el reclamo es contra los despidos, motivo que ya desde el 2009, pasa a ser el principal punto de reclamo. Además, las patronales de la industria automotriz y metalúrgica acuerdan una serie de suspensiones parciales con la burocracia de SMATA y UOM, tratando de evitar el conflicto. Así, se empiezan a multiplicar los ejemplos de fábricas en paro en la zona norte de la provincia -como Gestamp y Lear- u otros puntos del país -como CALSA, Paraná Metal, etc.

A la par, desde el 2007 en adelante crecen incesantemente los conflictos por reconocimiento gremial. Es decir, despidos de activistas, cuerpos de delegados no reconocidos, etc. A la par que crece el nivel de conflictividad de nuestra clase, crece también el descontento ante la burocracia sindical que acuerda con las patronales a nuestras espaldas y no representa nuestros intereses. El combativo cuerpo de delegados de la Línea 60 es un ejemplo donde se combinan conflictos por despidos con el intento de las patronales de desconocer a los activistas que se ponen a la cabeza de la lucha.

Conclusión

Son 14 años los que nos separan de la peor crisis que hayamos sufrido los trabajadores. Son 12 años en los que nuestra economía volvió a funcionar. Son 12 años en los que el kirchnerismo agitó el fantasma del 2001, en los que desde las pantallas oficiales nos hablaban de una inclusión social que no nos llegaba. De una soberanía atada con alambre. De una justicia social en la que nos quitan lo que es nuestro de una forma más amigable. De a poco, nuestra clase se va quitando la pesada ancla del miedo a la desocupación, que empieza a organizarse y a tomar lo que le pertenece.

En diciembre se va Cristina, y llega probablemente Scioli. Nuestros problemas estructurales siguen siendo los mismos: los dólares nunca nos alcanzan, nuestros recursos son entregados al mejor postor, nuestro trabajo (mal pago, en malas condiciones) pende de un hilo. No peleamos por un capitalismo más humano. No peleamos por una mejor distribución del ingreso. No peleamos por pagarle la deuda a unos sí y a otros no. Luchamos por una patria donde el obrero no pierda el trabajo en un día y la vida en un trabajo. Luchamos por no tener que entregarle nuestros recursos a una potencia extranjera. Luchamos por lo que es nuestro, por el valor que producimos con nuestras manos. Luchamos por la revolución y el socialismo.