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Monte Chingolo, 40 años después

No es posible decir Monte Chingolo sin remitirse a la mayor batalla militar urbana de la guerrilla revolucionaria en Argentina. No es posible decirlo y no situarse de un lado o de otro, cuando se hace necesario, imperiosamente necesario, clarificar desde donde se parte para hacer un análisis a 40 años de aquél intento de copamiento del batallón Domingo Viejobueno.

Los revisionistas y los historiadores del progresismo rescatarán el heroísmo y la valentía de los combatientes pero -dirán sentenciosamente- no había posibilidad de triunfo. Y de allí concluyen que la revolución toda estaba perdida.

Las plumas de la academia condenarán la violencia -de todas partes, sostendrán- y apelarán al artilugio de la aventura o del enamoramiento por las armas.

Y también la izquierda del oportunismo e institucionalista, la acomodada “oposición extrema” al decir de Lenin, acusará a los rebeldes por “motivar” el golpe posterior.

Para nosotros y nosotras en cambio, el análisis desde el marxismo-leninismo, y con la atención puesta en la situación concreta, nos obliga a rescatar a nuestros hermanos y hermanas del guevarismo argentino y latinoamericano que entregaron su vida y pagaron con su sangre el convencimiento de gestar una nueva sociedad.

Monte Chingolo fue una derrota, es cierto. Y una derrota militar que influyó por supuesto en la moral. Pero no fue bajo ningún concepto una muestra desesperada de impotencia, ni un culto al militarismo, ni una aventura idealista mal preparada.

Tal vez olvidan los apologistas de la derrota que la violencia organizada es también un método de lucha propio de la clase que, llegada a cierto punto de maduración de su conciencia, puede avalar algo más que un petitorio, una manifestación, o la mera acción defensiva.

Tal vez prefieren callar los ocultadores de la lucha de clases que, cuando las condiciones subjetivas maduran y el auge de las masas empalma identificándose con una vanguardia que expresa las tareas del momento, se puede pretender algo más que presentar una queja, firmar una declaración, o emitir un voto.

Para la acción del 23 de diciembre de 1975 se calcula que el PRT-ERP movilizó alrededor de 300 militantes (entre ellos los 71 destinados/as a la toma del Batallón y 100 para tareas de contención a través de 2 anillos que circundaban la zona), lo cual marca la envergadura de la operación y da una idea de la capacidad logística y militar que el partido manejaba.

La acción en sí, que se confirmó luego efectivamente saboteada y filtrada, demostró igualmente la capacidad y la moral revolucionaria de los y las combatientes, a pesar de encontrarse en gran adversidad, llegando a tomar varias de las posiciones que se habían planeado.

De los militantes, cerca de 30 murieron dentro del batallón (la mitad en el enfrentamiento, el resto fusilados). Algunos cayeron en otras postas de combate, y otros tanto fueron capturados y luego fusilados. Pero fueron muchos y muchas también quienes salvaron sus vidas amparados por la población, por el pobrerío de la villa lindante que protegió a los revolucionarios aun a costa de exponer su propia seguridad o la de sus familias. Nadie que esté “alejado de las masas” puede encontrar tal abrigo.

Aprenderemos (y aprendemos) de los errores cometidos, sin negarlos sino superándolos. Sabemos (y sabremos) leer la etapa y la disposición a la lucha, sin confundirnos sino preparándonos. Disputaremos en todos los terrenos necesarios, sin equivocar el rumbo estratégico que nos guía, sin esconder a Santucho, sin tergiversar a Lenin, sin caricaturizar a Guevara. Y honraremos verdaderamente a quienes nos antecedieron en esta lucha.

Por la revolución y el socialismo.

HLVS