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La herencia del leninismo

El derrumbe de la Unión Soviética y del “socialismo real” de Europa en la década de 1990 fue festejado por la burguesía de todo el mundo como el fin de la historia. Las clases dominantes sostuvieron que ese hecho abría una nueva etapa en la que no habría un antagonista que presentara alguna alternativa anticapitalista. Más de un intelectual progresista se apresuró a dar por enterradas de una vez y para siempre las ideas de Marx. Si bien la realidad mostró ser mucho más terca que los cantos de sirena de los voceros más o menos confesos de la burguesía, no podemos negar que la implosión de la primera experiencia a gran escala de superación del capitalismo tuvo un impacto profundo dentro del pensamiento y la acción de quienes hoy seguimos peleando por ese mismo objetivo: la destrucción del capitalismo y la construcción de una sociedad más humana.

Al calor de las luchas que, con variadas formas e intensidades, se fueron desplegando en nuestro continente y en otros, y más aún, a raíz de la contemporánea crisis del capitalismo, se ha producido un retorno a Marx. Por supuesto, no estamos argumentando que el pensamiento marxista es hegemónico, pero hoy resulta más difícil que hace veinte años ignorar sin más los aportes que el marxismo ha realizado a la crítica de la sociedad. Simplemente limitándonos a nuestro país, la multiplicación de ediciones y reediciones, la publicación de revistas que reivindican esa orientación, la formación de grupos de estudio, cátedras libres y hasta institucionales dan cuenta de que el quiebre que se produjo en 2001 tuvo un correlato intelectual aun cuando su manifestación no sea unívoca.

Pero si ha habido cierta recuperación de Marx, algo muy diferente ocurre con Lenin. Figura indigerible para la burguesía, Lenin y el leninismo siguen formando parte del tabú de gran parte de la izquierda. La asociación de Lenin con la izquierda tradicional hace que su figura y su legado sean ubicados en el campo de los “errores” que desde la llamada “nueva izquierda” se querrían evitar. Desde Hombre Nuevo consideramos que urge reabrir seriamente el debate acerca del legado de Lenin y del leninismo. Un balance a fondo y serio de la praxis de Lenin y del leninismo requiere ante todo superar la tendencia a argumentar en base a que “todos sabemos lo que dijo / hizo Lenin” que conduce a discutir con caricaturas. Entendemos quees necesario generar debate, discutir (y porqué no, disputar) el sentido de Lenin principalmente con quienes hacen bandera de ser sus sepultureros, aunque también con aquellos a quienes se asocia comúnmente con Lenin y con los pocos que se reivindican como sus herederos. Vamos a centrarnos en la cuestión de la organización política por entender que, afortunadamente, la necesidad de la misma está siendo discutida hoy por muchos sectores de la militancia de lo que podemos denominar “nueva izquierda”. No obstante, son muchos los compañeros que sostienen que esa organización debería rehuir del leninismo como de la peste. Por eso, en lo que sigue fundamentamos por qué para nosotros, desde la “nueva izquierda” y compartiendo muchas de las críticas a la izquierda tradicional, la vuelta a Lenin es necesaria para enfrentar mejor las tareas que tenemos ante nosotros y en qué sentido y en qué forma entendemos esa reivindicación. Vale señalar, para evitar la unilateralización, que los aportes de Lenin lejos están de restringirse a la cuestión de la organización política.

Lenin en la IT

La reivindicación de la forma partido es uno de los rasgos que aúna a las distintas organizaciones que podemos ubicar dentro de la Izquierda Tradicional (IT). No obstante, dentro de la identidad de los principales partidos que se ubican en la IT la figura de Lenin no tiene la centralidad de otros revolucionarios que permiten delimitar (se) mejor dentro del campo de las corrientes político-ideológicas (léase, Trotsky,  Mao), sin olvidar que durante décadas fueron los Partidos Comunistas los que se autoproclamaron los verdaderos herederos del “marxismo – leninismo”. Pero más allá de esta ubicación relativa en el campo de los representantes del marxismo, hay nudos fundamentales de la perspectiva de Lenin que no son (ni podrían ser) integrados a la praxis de la IT. A modo de ilustración, el parlamentarismo en todo tiempo y lugar de los partidos trotskistas, su repudio a cualquier expresión de acción directa, son rasgos antagónicos con la teoría y la práctica de Lenin; por su parte, el maoísmo difícilmente pueda encontrar sustento a su perspectiva de alianza detrás de sectores burgueses y hasta del ejército en la visión de la lucha de clases y del imperialismo de Lenin. En ambos casos, la línea de afiliaciones masivas sin que la pertenencia al partido implique un conjunto de requisitos (de compromiso, de conciencia, de disciplina, etc.) choca con la perspectiva de Lenin respecto de la selección de militantes.

Las críticas a Lenin de la “nueva izquierda”

Gran parte de la crítica que desde la “nueva izquierda” se hace a Lenin parte de identificar al leninismo con la práctica de la izquierda tradicional (IT) y con la versión burocratizada del principio del centralismo – democrático que rige la organización interna de los partidos de esa IT. Y esta verificación suele ser suficiente para que en la polémica para gran parte de la “nueva izquierda”, Lenin sea el leninismo (en todas sus versiones) y el leninismo se reduzca a la dinámica concreta de los partidos de la IT. En consecuencia, sin mayores mediaciones, se atribuyen a Lenin y al leninismo la lógica de priorizar siempre la acumulación del partido por sobre la del conjunto de la clase y/o de la izquierda; la burocratización que eterniza las divisiones entre los militantes que dirigen y los que ejecutan; el verticalismo por el cual cada militante de base debe acatar la línea que se “baja” desde la dirección (aun cuando la misma contraríe la realidad del frente de intervención); la idea de que disputar la dirección de un proceso se dirime a partir de figurar más que otros y, en caso de no conseguirlo, se apuesta a la destrucción del espacio; la escisión entre la meta de una sociedad plenamente humana y prácticas cotidianas mezquinas; la auto-designación como vanguardia que tiene LA verdad y que debe “llevarla” a las masas… etc.

Además de las que se realizan al leninismo por extensión de las críticas a la IT, hay otras que remiten a nudos de la concepción leninista de la organización. Algunas de las más recurrentes son las siguientes.

Se identifica el centralismo – democrático con una tendencia ineluctable a la burocratización y a la falta de debate; en síntesis, se sostiene que el leninismo deriva necesariamente en stalinismo. El principio de que la minoría debe someterse a la mayoría para asegurar la unidad en la acción es identificado como germen del autoritarismo.

Se asimila la insistencia de Lenin en la centralidad de la lucha política y de las actividades propias de la organización política con el menosprecio de la construcción entre las masas, al abandono de la lucha económica por reformas (“lucha social”)[1]. También se cuestiona la importancia que Lenin otorgaba a la lucha teórica y al debate a fondo entre tendencias divergentes por entender -nuevamente tomando como base la experiencia real de la izquierda (no sólo de la tradicional)- que la misma es sinónimo de academicismo, un escollo para la construcción de frentes únicos de la clase.

Se atribuye al leninismo y a Lenin una concepción despectiva respecto de las masas que daría lugar al “sustitucionismo” por el cual el verdadero sujeto de la transformación dejaría de ser el proletariado y pasaría a serlo el partido. Esto se vincula, por un lado, a la crítica de “jacobinismo” (o “blanquismo”) es decir a la existencia de una fuerte dirección política “por sobre” las masas. Por otra parte, tomando la frase realmente muy poco feliz del ¿Qué hacer? de que la conciencia socialdemócrata proveniente desde “el exterior” de la clase, se atribuye a Lenin una concepción de militantes intelectuales y no de militantes obreros.

En muchos casos, todas estas cuestiones son enmarcadas en una valoración crítica de la concepción de Estado y del lugar que ocupa la toma del poder en la estrategia revolucionaria. En el primer caso, se ridiculiza la posición de Lenin (a la que a su vez se desliga de la “más compleja” de Marx) atribuyéndole una visión “instrumentalista” del Estado en la que la clase dominante posee el aparato estatal en tanto cosa que usa en beneficio propio. En el segundo caso, se sostiene que Lenin le habría otorgado a los problemas de la toma del poder una atención desmesurada, oscureciendo otros momentos tanto o más importantes del proceso revolucionario, llegando a identificar erradamente la revolución con una coyuntura y no con un proceso de más largo aliento.

En el plano de las formas prácticas de organización, si bien –afortunadamente- las posiciones autonomistas extremas han perdido peso, hay todavía en gran parte de la “nueva izquierda” un rechazo al centralismo – democrático como principio, a la división de tareas también como principio organizativo, a la conformación de instancias de dirección elegidas como tales. Esto en el marco de un cuestionamiento a la centralidad de la lucha política.

Lenin en los grupos guevaristas

Los grupos que reivindican abiertamente a Lenin, mucho más que los partidos de la IT, son los mismos que se reivindican guevaristas. Al igual que del Che retoman el aspecto militar desvinculado del conjunto de su praxis, de Lenin se quedan con la disciplina interna, con el culto a la acción, con una estructura organizativa con una dirección fuerte, con la actividad clandestina; desconociendo que la disciplina surge del debate a fondo y de la decisión de la mayoría (no de la dirección), que no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria, que la dirección está obligada a elevar las capacidades de todos los militantes (no a eternizar la brecha entre dirección y base) y que la actividad clandestina requiere de su combinación con la actividad legal, de masas. Esta es la prueba que estos núcleos no han pasado y que mayormente creen que pueden evitar, la de una estrecha vinculación con el pueblo que implica una constante tarea de organización sin la cual la existencia de un partido no deja de ser una intención. Sin construcción de masas no hay instancia de acumulación de fuerzas ni de puesta a prueba de la propia línea. Estos núcleos, entre los que hay militantes muy abnegados, no logran ser reconocidos como una alternativa por parte de los trabajadores más concientes. Y sin trabajadores, no hay revolución socialista posible.

Nuestra reivindicación del leninismo

Nuestra propuesta de volver a Lenin para enfrentar los desafíos de hoy requiere situar cuáles son los problemas y cuáles son las tareas políticas que esa organización debería enfrentar y resolver. Sólo entonces es posible abordar los principios que, a nuestro entender, deberían regir la vida práctica de la organización.

Creemos que la dificultad para resolver organizativamente la cuestión de la agrupación política está asociada a la dificultad para visualizar hoy la actualidad de la revolución. Si bien desde el origen del proletariado moderno la potencialidad de transformación de raíz está planteada, luego de las sucesivas derrotas de los procesos revolucionarios de fines de los 70s así como de la aplanadora de los 90s, la actualidad de la revolución no se presenta hoy como un problema inmediato para la clase obrera y el pueblo. Esta situación contribuye a que el objetivo estratégico de la revolución se diluya, lo que a su vez redunda en que el sentido de las acciones cotidianas se difumine. Tratando seguir a Lenin, entendemos que hay una relación orgánica entre la revolución socialista y la construcción actual. Ambos son dimensiones de un mismo proceso y no dos momentos tajantemente separados.[2]

En coyunturas en que el dominio (económico, político e ideológico) del capital aparece como incuestionado, la necesidad de la organización política independiente de los trabajadores suele aparecer como interrogante más que como certeza. Pero, ¿por qué sería necesaria la existencia de la organización política más allá de su participación en las instancias que la clase obrera crea y recrea como medios para resolver sus necesidades actuales?  ¿Por qué si como marxistas sostenemos que la clase obrera es el único sujeto posible de la revolución planteamos que una parte de esa clase debe organizarse por separado del conjunto? El aporte de Lenin ha sido fundamental para responder este interrogante.

Sin poner en duda el principio de que la emancipación de los trabajadores será obra de la clase obrera misma, Lenin ubica la necesidad del partido en el modo concreto en que la clase obrera adquiere conciencia. En una situación de reproducción normal del sistema capitalista, las ideas de la clase dominante son las que predominan en el conjunto de la sociedad y no sólo – ni principalmente- porque los dueños de los medios de producción impongan su ideología por distintos medios, sino porque el propio funcionamiento del capitalismo crea y recrea esa conciencia. El contrato de compraventa de la fuerza de trabajo se nos presenta como un contrato entre iguales, el intercambio del trabajo realizado en forma privada por productores independientes se nos presenta como intercambio entre cosas, la ganancia se nos presenta como el plus que emana del conjunto del capital adelantado, etc. Sin embargo, en determinadas circunstancias los mismos hombres y mujeres que hasta ayer aceptaban sin más la esclavitud del salario, la obediencia a las leyes y el respeto al derecho de propiedad, son capaces de convertirse colectivamente en un sujeto que puede poner fin a la explotación.  Esa diferencia visible en la praxis de la clase bajo circunstancias distintas, se expresa en un momento dado en la diferencia de niveles de conciencia dentro de la clase obrera. Al hablar de conciencia no nos referimos a formación académica, sino a la capacidad de comprender el nudo de la sociedad capitalista y actuar para transformarlo (recuérdese la tesis XI sobre Feuerbach, no se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo). En pocas palabras, no nos referimos a un proceso exclusivamente cognitivo sino a la praxis.

Sería imposible dar cuenta de la variedad de matices que hay en la realidad entre los trabajadores que no tienen ningún interés por fuera de resolver de la mejor manera posible su situación individual y aquellos que se entregan (con el esfuerzo y los riesgos que esto implica) a la lucha para poner fin a todas las formas de explotación y opresión. Incluso es muy difícil reconstruir los momentos que median en cada experiencia individual entre la falta de una perspectiva colectiva y la conciencia (una vez más, en términos de praxis) del antagonismo irreconciliable que existe entre capital y trabajo. Pero a grandes rasgos, podemos identificar: a) una parte muy importante numéricamente de nuestra clase que actúa y se moviliza en forma esporádica, b) otra más reducida que se  mantiene organizada para conseguir o mantener reivindicaciones económicas y/o democráticas, y c) otra, más reducida aún, que se agrupa, se prepara y trabaja para subvertir la sociedad. Esta esquemática subdivisión está en realidad en constante movimiento.

Desde la concepción leninista que hacemos nuestra, es esta diferenciación real de la clase obrera la que justifica la necesidad de la organización separada de militantes revolucionarios.

Esta definición a favor de un partido de cuadros no significa ni que aboguemos por la constitución de una secta, ni que menospreciemos el trabajo de masas, ni que apostemos a un nucleamiento de intelectuales que “vaya al pueblo”. El trabajo de masas es fundamental no sólo para evitar los microclimas sectarios sino para contribuir a desarrollar la organización y la conciencia entre nuestros compañeros de clase. Al hablar de cuadros no nos referimos a intelectuales sino a trabajadores concientes. No basta con el imprescindible conocimiento de la teoría, de la historia; un verdadero cuadro es aquél que tiene capacidad de organizar, de plantear tareas, de encabezar la lucha, de dirigir. No es ocioso recordar la insistencia de Lenin en el carácter estratégico de la integración de obreros al partido y el modo en que esto se vio en la propia experiencia de los bolcheviques. Si en el primer (seudo) congreso de 1898 de la PSDR hubo 8 personas, en 1917 el partido bolchevique tenía cerca de 80.000 militantes y tres meses más tarde, en el sexto congreso los delegados representaron a 167.000 adherentes. Con esto queremos enfatizar que la concepción leninista (y la nuestra) de partido de cuadros no supone en absoluto la aspiración de mantenerse como pequeño grupo.

La existencia de la organización política de cuadros se justifica, por otra parte, en la necesidad de encarar un conjunto de tareas que exceden lo que las organizaciones reivindicativas (y legales) de la clase pueden resolver y que se sintetizan en lo que llamamos preparar (y prepararnos para) la revolución. Esa preparación va desde el estudio riguroso (de las tendencias propias del capitalismo y del modo en que se manifiestan en una etapa determinada, del materialismo dialéctico, de las experiencias de lucha y organización de nuestra clase, de las formas de lucha y organización de la clase dominante y su Estado, entre otros), a la adquisición de una práctica militante sistemática y de criterios de organización. En este punto, reivindicamos la importancia de la disciplina entendida no como obediencia debida (como lamentablemente ocurre en muchas organizaciones) sino como disciplina conciente que surge luego de debates abiertos y francos en los que la mayoría manda sobre la minoría. Para ser explícitos, reivindicamos el centralismo – democrático. Como bien decía Ernest Mandel el riesgo de burocratización está presente como tendencia real dentro de la centralización democrática, pero de lo que se trata es de desarrollar contratendencias que la constriñan. Esas contratendencias también están contenidas en una organización que se conforma mediante la libre asociación. El empeño sistemático en la formación del conjunto de los militantes (cuyas experiencias previas no se homogeneizan sólo por el hecho de integrarse a una organización política revolucionaria), en la asunción de responsabilidades por parte de los compañeros que se van destacando y en el aprovechamiento al máximo de las posibilidades de instancias colectivas de elaboración y reelaboración de la línea estratégica forman parte de esas contratendencias.

En las condiciones actuales, nos distanciamos del principio de militante profesional separado del trabajo asalariado. Entendemos que nuestra inserción en lugares de trabajo es parte de la lucha contra la transformación del militante en un burócrata alejado de la vida real. Reivindicamos nuestra condición de trabajadores y entendemos que debemos ser capaces de discutir, intercambiar y construir con compañeros de clase que no tienen las mismas definiciones que compartimos dentro de nuestra organización política. No renegamos, no obstante, de que ante un cambio en las condiciones haya compañeros que deban dedicarse exclusivamente a tareas de la organización; pero en las condiciones actuales consideramos que la creación de un funcionariado sería perniciosa.

Por supuesto, no basta con enunciar estos principios o ejercerlos durante un período para que la degeneración burocrática sea evitada, pero tampoco se impide la burocratización a partir de la supuesta horizontalidad permanente tal  como lo ha mostrado la experiencia real de muchas asambleas y movimientos nacidos al calor del 2001 y que hacían del asambleísmo y de la supuesta ausencia de jerarquías un estandarte.

La preparación de la revolución supone también un posicionamiento respecto de las potencialidades y límites de la acción espontánea de las masas. Consideramos que la reflexión de Lenin sobre esta cuestión retiene toda su actualidad. Hay coyunturas en las que la conjunción de una multiplicidad de procesos (económicos, políticos, ideológicos, etc.) produce una activación política de masas y hace entrar en la disputa a sectores de la clase trabajadora y el pueblo que en tiempos de normalidad se mantienen al margen de la política. Ningún partido puede “crear” de la nada una situación revolucionaria pero sí puede -y debe- ante una situación así, no encontrarse por detrás de los acontecimientos. Al lanzarse a la acción las masas alumbrarán medios de lucha e instancias de organización nuevos y  generarán un salto cuantitativo y cualitativo en los hombres y mujeres dispuestos a organizarse políticamente. Sabiendo que la actividad de las masas puede superar rápidamente las previsiones tímidas, sabiendo que el desarrollo entre la disposición al enfrentamiento y la conciencia de clase tiende a ser desigual y que la historia muestra cómo el heroísmo y la entrega de cientos y miles de combatientes de nuestra clase no permitió acabar con la dominación de clase por ese desfasaje, sabiendo esto es que la tarea de la organización política es no solamente acompañar sino señalar en el fragor de los acontecimientos qué errores hay que evitar, qué alternativas hay que tomar, profundizando siempre la conciencia de extremo que surge espontáneamente entre las masas en lucha y promoviendo que la combatividad en los enfrentamientos sea llevada a todos los planos. La conciencia de clase juega en estas situaciones un papel estratégico, definitorio, para evitar que la burguesía, experta en el ejercicio del poder, recomponga a través de la coerción y el consenso su hegemonía. Siguiendo a Lenin, entendemos que aun cuando un enfrentamiento de este carácter no sea inminente, es nuestro deber contribuir a que nuestros hermanos de clase, que todo trabajador que se suma a la lucha, tenga una visión clara respecto de cuál es la naturaleza del capitalismo, de cuál es la esencia del estado y de hasta qué punto las clases dominantes están dispuestas a llegar en la defensa de sus intereses.

En esta dirección, el desarrollo de la lucha política en términos de lucha por una política de clase que dispute el poder de la clase dominante y su estado, es un aporte que una organización revolucionaria debe hacer una vez que la situación revolucionaria está planteada y que debe sostener, adaptando los medios, aun en situaciones no revolucionarias. Indisolublemente ligada a esta lucha política está la lucha teórica a través de la cual se clarifican los análisis de la situación, las posibles acciones del enemigo, la política de alianzas que se debe promover, así como los medios para dar respuesta a esas cuestiones. La lucha política a su vez no es algo separado, paralelo, a la lucha reivindicativa. En su libro sobre su vida con Lenin,Krupskaia cuenta el horror con que habían escuchado a un socialista en Francia responder a su pregunta sobre un movimiento huelguístico que “eso es tema de los sindicatos”. Dado que esta escisión entre lucha política y lucha sindical ha buscado justificarse en el ¿Qué hacer? es necesario recordar que la polémica que entabla Lenin allí es en contra de quienes rechazaban la necesidad de contar con una organización política. Más aún, repudia a quienes pretenden que los obreros sólo pueden interesarse por las cuestiones que los afectan inmediatamente y argumenta (con insistencia) en la necesidad imperiosa de que la lucha por la libertad y contra la autocracia zarista sea objeto de la agitación y propaganda entre los trabajadores.

La importancia otorgada a la lucha teórica, por otra parte, perdió vitalidad cuando el leninismo se transformó en un dogma y hoy está fuera del horizonte de los grupos que se reivindican guevaristas – leninistas. Sin embargo, todas las grandes decisiones adoptadas por Lenin en la lucha política estuvieron apoyadas en una profunda reflexión teórica. Al mismo tiempo, Lenin tuvo la capacidad de hacer concluir sus análisis más abstractos en guías para la acción. Estando preso en Siberia realizó la investigación para El desarrollo del capitalismo en Rusia para argumentar en el debate contra los populistas que hablaban del campo ruso como no capitalista. Exiliado en Suiza luego de la Revolución de 1905 intervino frente a quienes buscaban conciliar el marxismo con la religión a través de un reemplazo de la dialéctica por la filosofía de Kant con Materialismo y empiriocriticismo. Cuando el avance imperialista y colonialista hacía recrudecer las demandas nacionales de los pueblos oprimidos, discutió con quienes se aferraban a la idea de que el internacionalismo proletario excluía la reivindicación nacional de la política revolucionaria. En un conjunto de artículos y discursos argumentó que la posición a favor de la autodeterminación de las naciones oprimidas era una reivindicación democrática que los socialistas no sólo debían apoyar sino encabezar, porque el internacionalismo requería, justamente, de la hermandad proletaria y no de la inclinación ante los “derechos” de la nación opresora.  Cuando estalló la Primera Guerra Mundial y la mayor parte de los partidos socialistas pasaron a formar parte de gobiernos burgueses, a votar los presupuestos de guerra en el parlamento, a hablar de la defensa de la patria contra otra potencia que constituía un “mal mayor”, Lenin escribió el clásico folleto El imperialismo, fase superior del capitalismo. Contra los que en medio de la carnicería de trabajadores ponían por delante del interés de clase el interés de su nación, y también contra los que hacían llamados abstractos por la paz, Lenin sostuvo que la única política consecuentemente revolucionaria y de clase era convertir la guerra imperialista en guerra civil. En 1917 cuando Rusia se había llenado de soviets pero mantenía todavía un gobierno burgués, realizó el exhaustivo estudio que se plasmó en El estado y la revolución. El objetivo era clarificar la cuestión desde el marxismo revolucionario y mostrar que la toma del poder por parte de los trabajadores era un mismo proceso con la destrucción del estado burgués a través de la ampliación real de la democracia y la transformación del proletariado en clase dominante.

Vale la pena detenernos en esta última obra, más criticada que leída. La ridiculización del análisis del estado de Lenin no resiste la lectura de este texto, escrito con un rigor lindante con la erudición, hecho aún más destacable atendiendo a los sucesos que tenían lugar en el momento.  La supuesta visión “instrumentalista” del estado o de “cosificación” del poder que muchos críticos adjudican a Lenin no tiene nada que ver con una obra viva, en la que la relectura a fondo y completa de los clásicos surge del imperativo de resolver problemas acuciantes, en el que la dialéctica como método permite desplegar las contradicciones del dominio político de la burguesía. Hay que decir que en este tema Lenin se dedica mucho más a restituir el análisis de Marx y Engels que a avanzar tesis nuevas. A casi un siglo de distancia, la tesis de que el antagonismo irreconciliable con el capital implica la misma posición respecto del estado mantiene toda su vigencia. El reconocimiento de que economía y política constituyen una unidad a pesar de que sea propio del capitalismo escindirlas y hacer a aparecer junto con una división tajante entre los propietarios de los medios de producción y quienes sólo tienen la propiedad de su fuerza de trabajo, un estado que se presenta como externo y por arriba de esa división. El estado burgués constituido por el universo de individuos –  ciudadanos, desconoce (y refuerza) la situación objetiva de clase. Frente a la perspectiva de que el estado es la salvaguarda del “bien común”, Lenin recupera la perspectiva materialista y destaca que la misma existencia del estado implica la existencia de la opresión de clase. La crítica de Lenin al “estatismo” que cundía en los partidos de la II Internacional y que era (auto) justificada descalificando la lucha contra el estado y el uso de la violencia como “anarquismo y no marxismo” es contundente. La lucha por una sociedad sin clases implica, necesariamente, la lucha por una sociedad sin estado. La divergencia con el anarquismo surge de que en tanto el estado es una forma que adquieren las relaciones sociales no puede ser “abolido” sino que deberá extinguirse. La extinción del estado, dice Lenin recuperando a Engels, será posible luego de un período de transición que se inicia con una revolución violenta. Es durante esa transición que el proletariado ha de convertirse en clase dominante, lo que no significa que deba simplemente ocupar el aparato estatal heredado de la burguesía y redireccionarlo en sus fines. Nuevamente, hay una relación entre la meta de la emancipación humana de la explotación y la opresión y las tareas de la etapa de transición. No es por mero paso del tiempo que el estado se extinguirá, sino que ya desde el inicio la toma del poder va de la mano de la destrucción del estado de la burguesía. Tomando la experiencia de la Comuna de París y de la Revolución Rusa de 1905 Lenin extrae los puntos principales de esa destrucción: participación activa (y no mediante el sufragio cada cierta cantidad de años) y colectiva (no como ciudadano, individuo aislado) en la toma de decisiones y en la ejecución de las mismas, eliminación de los privilegios asociados al ejercicio de la representación (salario igual al de un obrero), revocabilidad de todos los cargos, y, armamento del pueblo (de hombres y de mujeres). Históricamente, este programa estuvo sintetizado en la consigna de “todo el poder a los soviets”. La posterior pérdida de vitalidad de los soviets, la eliminación física en las guerras civiles de los obreros con más experiencia, el golpe que significó la derrota de la revolución en Alemania, la recuperación del capitalismo y de la burguesía de la iniciativa luego de la sorpresa de la victoria proletaria en Rusia, en fin, múltiples y complejos procesos determinaron que luego el proceso degenerara en burocratización. Pero la dificultad no se resuelve “tirando al niño con el agua sucia”, es decir, renegando de la toma del poder o diluyendo su importancia crucial en cualquier proceso revolucionario por el peligro de la burocratización. Por el contrario, a partir de esa experiencia es que hoy nos planteamos la tarea de construcción de poder popular, para tomar el poder.

Por todo esto, reivindicamos la necesidad de una organización política separada, concebimos a la misma como un partido de cuadros con una amplia y profunda inserción de masas, nos organizamos democráticamente pero sin renegar del centralismo, aprovechamos los espacios para la organización legal y abierta que la situación actual ofrece pero no por ello olvidamos que la revolución siempre será ilegal dentro de los parámetros del derecho burgués y que, por tanto, no toda nuestra práctica debe ser abierta. Por todo esto aspiramos a desarrollar una práctica militante consecuente, sistemática que nos prepare como militantes al tiempo que aportamos a preparar la revolución. Somos muy concientes de que nuestro núcleo será sólo uno de los tantos núcleos que confluiremos en un proceso revolucionario. Nuestra práctica es consecuente con la certeza de que no somos “el PARTIDO de la clase”. Sin embargo, nuestro desafío como militantes es que la seriedad de nuestra praxis se mida, sin contemplaciones ni autojustificaciones, con ese horizonte. Tal como lo hacía Lenin…

[1] Dentro de una saludable reivindicación del marxismo en el campo académico, encontramos la tendencia a dejar de lado o sólo comprender como instancia secundaria la dimensión política, hecho que consideramos confluye con la tendencia a recuperar el marxismo sin Lenin. Nos referimos a las posiciones que proponen “desde el marxismo” estudiar a “la clase obrera en tanto clase” y sólo posteriormente considerar los alineamientos o identidades políticas, a quienes ponen de relieve la acción de la clase trabajadora otorgando un lugar secundario al problema de si esa acción se enmarca en la independencia política de la clase o en su subordinación a sectores burgueses, quienes sostienen la prioridad de las “relaciones de producción” entendidas (erradamente) como las relaciones en el lugar de trabajo, o quienes refieren a la relación capital – trabajo sin considerar su relación orgánica con el Estado.

[2]Este es el nudo teórico del debate entre Reforma y Revolución que dentro del marxismo se ha venido dando desde fines del siglo XIX. Bajo condiciones de un capitalismo estabilizado y pujante, expresando a parte del movimiento obrero socialista, Bernstein planteó “el movimiento es todo, el objetivo final es nada”. Rosa Luxemburgo fue la primera en combatir en profundidad esta escisión entre lucha dentro del sistema capitalista y la lucha por destruir ese sistema, llegando a plantear con claridad que lo que estaba en debate no eran “dos caminos” para alcanzar un mismo fin, sino fines distintos.

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