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Guevarismo

“Nuestras clases dominantes, han procurado siempre, que los trabajadores, no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan  héroes ni mártires, cada lucha debe empezar de nuevo, separada de los hechos anteriores, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son, los dueños de todas las cosas.”
Rodolfo Walsh

Nos definimos guevaristas porque consideramos a esta corriente como la expresión más desarrollada de la praxis marxista-leninista revolucionaria en América Latina. Y si el antidogmatismo es una actitud central en la acción y pensamiento de Guevara, consideramos necesario un debate profundo, crítico y fraterno para iniciar un camino de confluencia y construcción con otras tendencias revolucionarias hermanas.

Primeramente retomamos el aporte fundamental de Guevara para la recuperación de la dialéctica en el marxismo que, luego de la influencia hegemónica del stalinismo, había quedado restringido a una serie de dogmas y recetas estáticas por fuera de la acción humana, produciéndose una “naturalización” de la historia y los procesos sociales.

El Che, al igual que otros grandes revolucionarios como Gramsci, Lukács, Mariátegui, por solo nombrar algunos, es un emblema de la denominada filosofía de la praxis, discute al interior del marxismo con la versión filosófica oficial que se intentó elaborar en la Unión Soviética durante la época de Stalin, arremetiendo en toda la línea contra el evolucionismo, el etapismo, el economicismo y su principal fundamento filosófico, el llamado DIAMAT (Materialismo Dialéctico).

En esta concepción filosófico-interpretativa, la política queda subordinada al desarrollo de la economía y sus etapas, separada una de otra. Lejos de ser una discusión de gabinete esto tiene consecuencias políticas inmediatas cuando debemos asumir el potencial revolucionario y transformador de los pueblos (organizados), los modos de desarrollo de la conciencia, las posibilidades de “forzar la marcha de la historia” dentro de lo objetivamente posible claro, pero forzamiento al fin. La filosofía de la praxis asume el  humanismo revolucionario otorgándole relevancia a la capacidad de acción de los colectivos humanos para intervenir en una situación histórica concreta, transformando la realidad; la filosofía de la praxis rescata el historicismo y la dialéctica, recuperando planteos de Marx que muchas veces han quedado olvidados o  deslegitimados como “idealistas” por ser “de cuando era joven”, como sostienen las corrientes althusserianas. Tomemos por ejemplo las célebres Tesis sobre Feuerbach, emblema que expresa una ruptura epistemológica, en un debate franco, tanto con los idealistas como con los materialistas abstractos, superando esa vieja dicotomía entre ideas y materia a través de la unidad entre ambas que realiza la actividad humana, y fundamentando una visión revolucionaria y total de la realidad.

Desde esta perspectiva, un punto crucial es la relación entre sujeto y objeto: las posturas más deterministas planteaban un rol casi pasivo de los sujetos en relación a su ambiente, teniendo consecuencias políticas tales como que para poder desarrollarse un proceso revolucionario pareciera que solamente habría que esperar que las fuerzas productivas entrasen en contradicción con las relaciones sociales de producción.

Ahora bien, desde la filosofía de la praxis no se comprende al sujeto y al objeto sino como una unidad contradictoria, inescindible, es decir, que si bien las condiciones objetivas son cruciales, los sujetos no se manejan por simple reflejo de estas sino que pueden tener un rol activo y transformador fundamental. De ahí la importancia del factor subjetivo y consciente para cualquier proceso revolucionario.

La recuperación de la praxis tiene fundamentales consecuencias políticas que entendemos como imprescindibles a la hora de luchar por un cambio social radical. El hecho de comprender que la relación entre los sujetos y su ambiente no es mecánica nos enfrenta a la tarea, a todos los revolucionarios, de prefigurar el socialismo que queremos para nuestro pueblo. Es decir, ya no basta con cambiar la estructura económica y luego esperar que la superestructura haga lo suyo por reflejo, sino que tenemos que dar batalla por expropiar al capital en su conjunto, pero también tenemos que ir construyendo los nuevos cimientos políticos y culturales, nueva institucionalidad, nueva organización social, nuevos valores, nuevas relaciones sociales, etc., dentro de los condicionamientos de nuestra realidad material, pero forzándola al mismo tiempo con nuestra acción política  y pedagógica  Sostenemos, como decía el Che, que “un socialismo económico, sin la moral comunista” no nos interesa.

Se hace preciso mencionar, ante los riesgos de caer en visiones voluntaristas, que estos procesos no podrían llevarse a cabo por fuera de ciertas condiciones objetivas o de un modo radicalmente autónomo, pero al mismo tiempo, la acción consciente y política puede acelerar ciertos procesos y transformaciones en las condiciones  de la realidad material. Concebir de este modo la praxis revolucionaria es lo que permite polemizar con la secular estrategia política “etapista”,  la teoría del “espejo”, el evolucionismo político, los formularios de requisitos vacíos de vida y realidad, necesarios para comenzar a actuar.

Desde la importancia estratégica del factor subjetivo, como guevaristas, reivindicamos como ineludible la tenaz insistencia del Che en la construcción del Hombre Nuevo. Ese ser integral, humano del futuro comunista, debe ser construido desde hoy mismo, en una lucha constante contra los valores heredados de la sociedad burguesa, contra el fetichismo y la alienación, vale decir también, contra uno mismo. “Para construir el comunismo, simultáneamente con su base material hay que hacer al Hombre Nuevo” [El socialismo y el hombre en cuba, Che Guevara, 1965]

La visión totalizadora e integral del proyecto socialista de Guevara se conjuga con la perspectiva antidogmática y latinoamericana del marxismo. Al igual que Mariátegui, el Che se da la tarea impostergable de evitar el mecanicismo que pretendía reproducir en cualquier momento y lugar los preceptos de Marx y Lenin como si fuesen recetas universales, en lugar de comprenderlas como herramientas fundamentales para analizar, planificar y actuar en base a situaciones concretas y en momentos históricos concretos.

Para Latinoamérica, había y hay mucho que crear, pero nunca desde cero, sino con el estudio y análisis de las experiencias y enseñanzas que nos legaron todos los revolucionarios anteriores. Tal como decían Mariátegui, la “revolución no debe ser calco ni copia, sino creación heroica de los pueblos”.

Un punto que pasa a ser central desde esta concepción es la relación entre las tareas democráticas y antimperialistas, con las tareas anticapitalistas. En contraposición con las corrientes etapistas, que planteaban que primero había que desarrollar las tareas democráticas en conjunto con las burguesías nacionales progresistas, y contra las corrientes que solamente pretendían dar disputa contra los capitales imperialistas, el Che y la Revolución Cubana nos afirman y demuestran en los hechos que estas dos instancias, que parecen separadas, en realidad son partes de un mismo proceso único. Tal como otros revolucionarios ya habían planteado en épocas anteriores, como León Trotsky en  La teoría de la Revolución Permanente, Guevara hace una caracterización de las burguesías de los países subdesarrollados en la que deja bien en claro que éstas perdieron todo el potencial revolucionario y que no son más que los explotadores locales, “furgones de cola” de las burguesías imperialistas. Las burguesías latinoamericanas se han consolidado dentro del capitalismo mundial en un plano de desarrollo dependiente y condicionado a las necesidades de los núcleos de poder centrales. De este modo están “cómodas”, establecen su acumulación de capital y ejercen su dominio político dentro de este esquema general. Por  tal  motivo, las tareas democráticas son parte de la labor de la clase trabajadora en un proceso único, aunque no por eso instantáneo, contra el sistema en su conjunto. Anticapitalismo y antimperialismo son dos definiciones inseparables para un cambio revolucionario de la sociedad.

Experiencias revolucionarias previas han dejado en claro que la clase trabajadora es la única capaz de poner en jaque a toda la maquinaria capitalista y aglutinar y convocar a todas las fuerzas de la sociedad,  en una lucha hasta la modificación de raíz del sistema. Nuestra clase juega un rol central en la construcción de la hegemonía socialista y el desarrollo de alianzas contra hegemónicas frente al Capital.Esta afirmación sin embargo no desconoce que el Che dio especial importancia a los campesinos, dada la particular situación latinoamericana.

Cuando hablamos del pensamiento multilateral del Che, no podemos dejar de mencionar también sus importantes aportes en materia de política económica en el contexto de la construcción del socialismo, ya que él, como buen marxista, sabía que este plano es  una dimensión fundamental de la sociedad en su conjunto, ypor ende, otra de las trincheras desde la había que combatir el capitalismo y la degeneración burocrática. En un debate que adquirió trascendencia internacional, con la participación incluso de otros grandes revolucionarios como Ernest Mandel, el Che discutió y criticó los lineamientos de la URSS, denominados Sistema de Cálculo Económico, que se basaban centralmente en el desarrollo de las fuerzas productivas por medio de una emulación socialista, asemejándose bastante a la competencia del mercado capitalista, mediante la inserción de lógicas mercantiles que en los hechos fueron destruyendo de a poco cualquier intento de conciencia, subjetividad o cultura socialista.

Guevara  sostuvo que estas políticas mercantiles partían de  un movimiento táctico para un determinado período, como fue la Nueva Política Económica (conocida como NEP) promovida por Lenin en 1921 en reemplazo del comunismo de guerra y que en los hechos significó el restablecimiento de laeconomía privada fundamentalmente en el área agrícola, ante un contexto de extrema penuria que se vivía en Rusia por esos años, como consecuencia de la guerra mundial y la guerra civil. Luego de su muerte, esta política coyuntural de Lenin fue convertida por el stalinismo  en una política estratégica.

Como contrapartida, el Che impulsó el Sistema Presupuestario de Financiamiento. Partiendo de la filosofía de la praxis y de que la política revolucionaria y consciente cumple un rol central en la dirección de la economía, este modelo pretendía un desarrollo de las fuerzas productivas que no contemplara sólo el avance técnico, sino también un desarrollo político, humano y de consciencia. Avance en técnica y en consciencia, son los dos aspectos fundamentales de la política económica del Che para  la edificación del socialismo.

Entre sus premisas más importantes se encuentra la necesidad de una planificación centralizada de la economía, a fin de evitar las asimetrías locales, regionales, por ramas, etc., que en una economía nacional genera la “iniciativa” y explotación privada capitalista; y como forma de establecer una economía-política que organice la producción de la vida material de la sociedad, no ya desde la óptica del mercado, sino desde los objetivos generales de independencia, desarrollo y revolución del país. La planificación implicaba combatir la ley del valor, batalla en sus raíces al fetichismo del sistema capitalista, pero al mismo tiempo con una profunda participación de los trabajadores en todo el proceso, evitando recaer en la enajenación de una planificación burocrática.

Dentro del debate sobre la transición al socialismo, Guevara hacía énfasis en que, si bien los estímulos materiales eran necesarios, la política debía estar orientada a evitarlos y poder centrarlos en estímulos morales, indudablemente más positivos para el desarrollo de la conciencia. Por último es preciso mencionar la política del Che sobre el trabajo voluntario, de la cual fue principal impulsor siendo Ministro de Industria. Una vez más, la consciencia y la lucha contra el fetichismo cobraban su mayor importancia.

Guevara pone en el centro de toda su estrategia  la cuestión del poder. Contra las corrientes e interpretaciones que tergiversan su estrategia política, simplificando el plano militar de una experiencia concreta a lo que se denominó “foquismo” (planteado en realidad por Regis Debray y criticado por el mismo Guevara), táctica que consistiría en que un pequeño grupo de guerrilleros aislados podrían transformar la sociedad. Nosotros comprendemos que en realidad no sólo los planteos del Che, sino su práctica misma, son mucho más complejos y multilaterales.

Guevara plantea un arte dialéctico entre la construcción de masas y una vanguardia revolucionaria (no solamente armada, sino también política), en la cual sin la una o sin la otra es imposible un proceso revolucionario. La construcción de poder desde abajo, de organización del pueblo y la movilización de las masas, necesita vincularse de manera dialéctica con la vanguardia de los mejores y más avanzados sectores de la clase, quienes en conjunto, al calor del fuego de los procesos de lucha de clases deberán construir las herramientas necesarias para la insurgencia.

En esta relación cumplen un papel fundamental los cuadros políticos, que él no los comprende sino como militantes multilaterales, capaces de intervenir en la realidad para transformarla, contemplando los objetivos político-estratégicos, los movimientos tácticos, las sensaciones y aspiraciones del pueblo, etc., “[…] un cuadro es un individuo que ha alcanzado el suficiente desarrollo político como para poder interpretar las grandes directivas emanadas del poder central, hacerlas suyas y transmitirlas como orientación a las masas, percibiendo además las manifestaciones que ésta haga de sus deseos y sus motivaciones más íntimas.” (El cuadro, columna vertebral de la revolución, Che Guevara, 1962). El deber de la vanguardia revolucionaria y sus cuadros es lograr ser una unidad con las grandes masas y con la clase trabajadora por medio de un profundo trabajo político. La vanguardia misma debe componerse y nutrirse de hombres y mujeres provenientes de esas masas para poder forzar la marcha de la historia dentro de lo objetivamente posible.

Esa imprescindible vinculación del pueblo con la organización y la política no es solamente un medio, sino que es parte de sus fundamentos estratégicos ya que sólo con una verdadera conciencia socialista y una activa participación de la población con un abierto debate de ideas será posible llevar por el camino correcto el proyecto revolucionario, evitando el burocratismo no sólo en los aspectos de decisiones políticas, sino también en demás ámbitos, como el de la producción.

En cuanto a la cuestión particular de la estrategia militar, partimos de la  unidad inseparable con la política, al decir de Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política por otros medios” y es ésta última la que determina a la primera. Partiendo de esa unidad y de un análisis completamente realista, el Che considera que ya no será posible como en otros tiempos un proceso revolucionario solamente por medio de una insurrección general, ni tampoco una guerra relativamente corta como en el caso cubano o mucho menos por medio de un proceso pacífico, sino que el combate será necesariamente un proceso prolongado en circunstancias donde las burguesías no sólo cuentan con sus Fuerzas Armadas locales para defender sus intereses, sino que las diferentes fuerzas imperialistas, acaudilladas por Estados Unidos, cumplen el rol de gendarmes internacionales del Capital.

Desde un profundo internacionalismo y reivindicando la tesis leninista referida a que la cadena del capitalismo en su fase imperialista es mucho más factible que comience a romperse por sus eslabones más débiles, los países subdesarrollados, y con la unidad entre lucha antimperialista y anticapitalista, en su testamento político el Che sintetiza la necesidad de una estrategia mundial centrada en los países de América Latina, Asia y África. No obstante, en esa misma intervención, Guevara realiza un minucioso análisis que parte del sistema imperialista mundial tal como quedara configurado luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y pasa luego a analizar las posibilidades objetivas y subjetivas de que se produjera una situación revolucionaria en cada uno de esos continentes, conjugando las particularidades de Latinoamérica con la de los demás pueblos oprimidos para trazar desde ahí una lucha contra el capital a nivel mundial.

Romper los esquemas de tristes determinismos etapistas y dar pelea al enemigo en cualquier rincón del mundo sigue siendo una tarea general impostergable.

La herencia del Che en América Latina

Los aportes del guevarismo han sido guía en el pensamiento y acción de numerosas organizaciones revolucionarias de nuestro continente. A partir de los ´60 y ´70,  bajo el influjo de la Revolución Cubana, que demostró la factibilidad de la revolución socialista en América Latina, se inició en nuestro continente un período de alza del movimiento revolucionario con una clara perspectiva de lucha antimperialista y por el socialismo.

En este contexto, se forjaron un conjunto de organizaciones revolucionarias surgidas al calor de la lucha política y del enfrentamiento con la burguesía, que retomaron tanto el legado de las luchas independentista del siglo XIX por “la patria grande” latinoamericana lideradas por San Martín y Bolívar, como así también la experiencia vietnamita, enarbolando como bandera en la teoría y en la práctica las enseñanzas del Che, consideradas como una guía para la acción y no como un dogma incuestionable. Entre estas organizaciones encontramos al Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) de Argentina, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T) de Uruguay y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Bolivia.

A partir del año 1968 se establecieron entre estas organizaciones, los primeros contactos y colaboraciones mutuas, que se tradujeron con el paso de los años en acciones conjuntas, en intercambio de militantes, en la formación de cuadros, en la creación de armamento propio, etc.; siendo un salto político de esta unidad la conformación de la Junta de Coordinación Revolucionaria (JCR) el 8 de octubre de 1974, en un claro acto de perspectiva internacionalista y en una fecha sumamente significativa.

El objetivo de la JCR será, en palabras de Miguel Enríquez, Secretario General del MIR y máximo impulsor de esta junta internacionalista, construir  un pequeño “Zimmerwald”, emulando a la conferencia celebrada en 1915 en Suiza donde Lenin planteara la necesidad de conformar una Internacional alternativa a la Segunda, a la que consideraba acabada, ya que su mayoría bregaba por la guerra antes que por la solidaridad de clase internacional. Una nueva Internacional que condujera la transformación de la guerra imperialista en guerra civil.

En relación con este hecho histórico, aunque en un contexto diferente y en sintonía con los intentos internacionalistas como la Conferencia Tricontinental (1966) y la Organización Latinoamericana de Solidaridad (1967), la JCR surge como respuesta a la necesidad de un nucleamiento, considerado como partido revolucionario internacional, que pueda luchar a nivel continental contra la avanzada imperialista y ante la inexistencia de una alternativa continental que ofreciera respuestas a las necesidades históricas, producto tanto de la pérdida de coordinación de la Tricontinental y la OLAS luego de la muerte del Che, como así también de las diferencias políticas que se expresaban con los distintos sectores de la Cuarta Internacional, que en líneas generales no suscribía la estrategia de lucha armada (Por qué nos separamos de la cuarta internacional. Mario R. Santucho, 1973).

La JCR mantiene así, una clara línea de  continuidad con el proyecto de Guevara propuesto en “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” (1967). El Che da cuenta allí de la posibilidad de la unidad de distintas organizaciones del continente, tanto por la homogeneidad en la situación de los países donde los capitales monopolistas norteamericanos mantienen la primacía, como por la identidad cultural compartida en cuanto a costumbres, lengua, religión, etc. Propone la conformación de juntas de coordinación que hicieran más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y que facilitaran la causa revolucionaria. Su análisis muestra claramente que, siguiendo a Lenin, comprendía al imperialismo como un sistema mundial al que había que confrontar mundialmente, sin por eso perder las dimensiones de la lucha regional y local.

Junto con la comprensión de la necesidad de contraponer al imperialismo una fuerza revolucionaria internacional, las organizaciones declaraban: “nos une la comprensión de que no hay otra estrategia viable en América Latina que la estrategia de la guerra revolucionaria. Que esa guerra revolucionaria es un completo proceso de luchas de masas, armado y no armado, pacífico y violento, donde todas las formas de luchas se desarrollan armónicamente convergiendo en torno al eje de la lucha armada. Que para el desarrollo victorioso de todo el proceso de guerra revolucionaria es necesario movilizar a todo el pueblo bajo la dirección del proletariado revolucionario. Que la dirección proletaria de la guerra revolucionaria se ejercita por un partido de combate marxista-leninista, de carácter proletario, capaz de centralizar y dirigir, uniendo en un solo y potente haz todos los aspectos de la lucha popular, garantizando una dirección estratégica justa… que bajo la dirección del partido proletario es necesario estructurar un poderoso ejército Popular… Que es necesario construir asimismo un poderoso frente obrero y Popular de masas que movilice a todo el pueblo progresista y revolucionario… a las más amplias masas cuya lucha corre paralela, convergiendo a cada momento y estratégicamente con el accionar militar del Ejército Popular y el accionar político clandestino del partido proletario” (Declaración constitutiva de la JCR, 1974).

Muchas de las organizaciones revolucionarias guevaristas de aquellos años dejaron en claro en la práctica, que era necesario desarrollar una estrategia que diera la pelea en todos los terrenos, incluyendo el militar; combinando distintos métodos sin perder de vista el objetivo general de la lucha por el poder en base a un análisis concreto de la situación concreta. La lucha revolucionaria, necesariamente, tendrá que librarse en el plano armado ya que ninguna clase dominante de la historia se suicida.

Desarrollar una estrategia político militar era una necesidad ante la avanzada ya no solo de los ejércitos nacionales, sino de las fuerzas militares del imperialismo. Así como Lenin llamaba a principios del siglo XX a asumir la realidad de la guerra civil, el Che recordaba varias décadas más tarde que “la política pasiva nunca ha dado buenos resultados en la lucha de clases”. (Guerra de guerrillas, un método, 1963)

En nuestro país, el PRT-ERP fue quien elaboró y desarrolló una verdadera estrategia política poniendo en el centro el problema del poder, superando con ello, largos años de lucha de la clase obrera y el pueblo, que no habían podido constituir una  alternativa verdaderamente revolucionaria, en parte debido a las concepciones corrientes de la época que promovían posturas que iban desde el insurreccionalismo espontáneo de las masas y  el tránsito pacífico al socialismo, hasta la apuesta a las reformas realizadas dentro del estado burgués.

Adoptando el marxismo como concepción del mundo y a partir de un análisis de las condiciones económicas, políticas y militares mundiales, continentales, regionales y del país, el PRT desarrolló una estrategia política-militar partiendo de la premisa de que la revolución será “nacional por su forma e internacional por su contenido” y estableciendo con dicho análisis las tareas y condiciones necesarias para la toma del poder.

El contexto en el que se desarrolla el PRT es caracterizado por una débil contradicción inter-imperialista y con los Estados Unidos como gendarme de la contrarrevolución mundial, asociado en cada país con las burguesías locales, como ya había  analizado el Che.

De esta manera, junto a una clara, antisectaria y antidogmática adopción de los principales aportes de Marx, Engels, Lenin, Mao y Trotsky, pero sobre todo de la Revolución Cubana y del Che, el PRT llega a la conclusión de la necesidad de desarrollar una estrategia de guerra popular y prolongada, socialista y anti-imperialista. Esta estrategia sería adoptada y llevada a la práctica de conjunto para la región, siendo la Junta de Coordinación Revolucionaria su principal nucleamiento, pero adoptando también una estrategia de poder específica para nuestro país de acuerdo a sus particularidades.

Como Guevara, Santucho y el PRT se plantearon la toma del poder a partir de una praxis revolucionaria, transformando el presente para cambiar el futuro. Artífice fundamental de la experiencia organizativa más acabada de nuestra historia, el PRT, trabajó incesantemente en el impulso de diferentes ámbitos de organización del pueblo. Con la claridad siempre presente de no confundir el núcleo político con los frentes de masas, la estrategia con la táctica, la vanguardia con la proclamación, se fundaron experiencias que calaron profundamente en el pueblo, porque expresaban sus mismos anhelos y convicciones: el Frente Anti imperialista por el Socialismo (FAS), el Frente de artista y trabajadores de la cultura (FATRAC), el Movimiento Sindical de Bases (MSB), la Comisión de Familiares de Presos Políticos,Estudiantiles y Gremiales (CoFaPPEG), entre otras instancias donde convivían incluso corrientes diversas pero no por ello antagónicas, constituyéndose en ejemplos de cómo lograr construcciones organizativas para los miles, los millones, y que sirvan realmente como herramientas de participación y de concientización.

La inevitable condición de enfrentar al enemigo de clase hasta las últimas consecuencias, y por ende, la confrontación contra el Estado patronal y su ejército, impulsó necesariamente la creación del Ejército Revolucionario del Pueblo, que se desarrolló coordinadamente con otros partidos de pueblos hermanos que luchaban contra el mismo enemigo, asumiendo la lucha armada como extensión de la lucha política.

 

Pero ya antes de llegar al PRT, Santuchohabía iniciado un camino que entonces se llamó el Frente Revolucionario Indo americano y Popular (FRIP) y que ya retomaba como principio no sólo la idea de unidad obrero-campesina sino también la reivindicación fundamental de saberse heredero de una tradición ancestral que pobló nuestra América, y se nutrió de ella.

El PRT se planteó luego un programa de transformación social que puso en práctica con todas sus fuerzas, con todos/as y cada uno/a de sus militantes. Una transformación que se pensaba en términos de sociedad pero que conllevaba, como no podía ser de otra forma, la transformación personal: el énfasis en la formación, el compromiso con las tareas asumidas, el respeto ante los compañeros, la responsabilidad como norma, en fin, la construcción de un ser humano integral, aquí y ahora, no imaginario y “para más adelante”.

Estos lineamientos y las enseñanzas que nos ha dejado a las generaciones actuales la política del PRT-ERP, no niega y mucho menos elimina la necesidad de un balance cada vez más preciso, riguroso y crítico de aquella importante experiencia histórica. Analizar los aciertos y los errores, de manera antidogmática es lo que nos permitirá aportar de manera más acertada a la lucha emancipatoria de nuestra clase.

La actualidad del guevarismo y la vigencia de su pensamiento.

La totalidad de cuestiones retomadas en este escrito son fundamentales para intervenir en los tiempos que corren (¡y tenemos la obligación de analizar la situación concreta en el momento concreto!).

Vivimos en un contexto donde el imperialismo, lejos de los vaticinios de implosión, mantiene sus fuerzas y en forma abierta o tras bambalinas continúa su política de intervención/invasión so pretexto de la seguridad mundial.

Un contexto donde, localmente, existe una recurrencia a fortalecer corrientes como el populismo y el reformismo, que en su desarrollo siguen alimentando expectativas con soluciones falaces, sembrando confusión entre las masas de trabajadores, promoviendo una falsa ilusión de equidad que el capitalismo es objetivamente incapaz de brindar. No obstante, el efecto tiene sus resultados, puesto que este posibilismo tiende a retrasar la visión/concepción/adopción de una perspectiva verdaderamente revolucionaria.

Un contexto también, donde las teorías posmodernas plantean la innecesaridad de disputa y confrontación, retomando concepciones “quietistas” o etapistas, que gradualmente llevarían a un cambio de la sociedad. Desde este foco se plantea una imaginaria disputa y toma del poder tan pacífica como imposible.

Frente a una realidad en la que la burguesía ha logrado recomponer la institucionalidad y el consenso garantizando la continuidad de acumulación capitalista, tenemos la tarea de continuar desarrollando organización popular, superando el corporativismo, construyendo una fuerza social y política clasista, trabajando por la unidad y  el reagrupamiento de los sectores populares, y apelando a la conformación de una organización política con perspectiva revolucionaria. Es esta una larga lucha que hemos decidido emprender y cuyo horizonte es el socialismo, el fin de toda explotación y opresión.

Retomar entonces el ideal político guevarista implica reflexionar sobre la unidad entre su pensamiento y concepción filosófica y su acción y proyecto emancipatorio, que impulsaba una transformación revolucionaria rompiendo abierta y claramente con las fórmulas de alianza y conciliación con las “burguesías nacionales”.

El guevarismo es para nosotros una alternativa real, viable, actual y un verdadero proyecto de transformación radical de la sociedad. Para las nuevas generaciones que soñamos con ese mundo nuevo por el que lucharon tantos hombres y mujeres en nuestra historia, el marxismo crítico y la teoría revolucionaria guevarista nos plantean importantes desafíos, al tiempo que nos proveen de herramientas y elementos para pensar y hacer, para reflexionar y construir. Por ello es fundamental recuperar el valor del pensamiento del Che, no como un dogma ni como un credo en el que encontraremos recetas, sino como una guía para la acción,como herramienta que nos sirva para intervenir en nuestra realidad actual.Los aportes teóricos de Guevara al marxismo latinoamericano y su pensamiento y acción política son un compendio inseparable, que implica en un mismo conjunto proyección ideológica clara y definición de metas y horizonte, de estrategia y táctica hilvanada pero diferenciada, de trabajo cotidiano a partir de este marco para la construcción del socialismo, luchando contra la fuerza de las relaciones sociales establecidas que nos atraviesan inevitablemente y se moldean como “costumbre”, “sentido común” o resignación de que “las cosas son así”.

Creemos que “el patrimonio” del Che no se ha perdido con su asesinato, y tampoco se ha perdido el legado que han dejado las organizaciones revolucionarias guevaristas pese a su/nuestra derrota. Por el contrario, asumimos como tarea seguir con su ejemplo, retomando sus experiencias de lucha, con una clara posición antidogmática, humanista, internacionalista, anticapitalista y anti-imperialista.

Desde esta corrientenos preguntamos entonces ¿qué hacer frente a las condiciones actuales, políticas, económicas, sociales y culturales de nuestro país? ¿Cómo vamos construyendo una estrategia a largo plazo, que considere el actual proceso de acumulación de fuerza, la relación de fuerzas existentes, el nivel de organización popular y el estado de conciencia de nuestro pueblo en general? ¿Qué tareas se desprenden a partir de dicho análisis?Estos son apenas algunos de los aspectos en los que, humildemente pensamos, debemos comenzar a reflexionar desde la izquierda y el guevarismo.Como dijimos, se trata de pensar y realizar una acción consciente y trasformadora.

Frente al difícil momento que enfrentamos en el campo popular, frente a una profunda “kirchnerización” de la vida social y política y una clara hegemonía de los sectores que hoy detentan el poder en Argentina, consideramos que es necesario ir construyendo, pacientemente pero con bases sólidas, distintos nucleamientos políticos con tareas específicas partidarias, en la búsqueda de elaborar una estrategia revolucionaria para nuestro país, sin olvidar que la batalla hay que librarla en todos los planos, incluyendo la batalla cultural, ámbito fundamental en el que tiene que desarrollarse parte de la necesaria acumulación política y desarrollo de la conciencia de nuestro pueblo. Es imprescindible que abordemos la creación subjetiva tanto desde hechos concretos materiales, para bregar por la creación de una corriente de opinión socialista.

Debemos avanzar en el conocimiento de la realidad para lograr una efectiva intervención, profundizando nuestra formación política. Debemos avanzar en la constitución de espacios unitarios, a través del conocimiento y práctica conjunta con otros núcleos políticos del marxismo crítico y la nueva izquierda con quienes compartimos la perspectiva de orientar nuestros esfuerzos hacia una mirada NO dogmática de la realidad. Debemos continuar el aprendizaje y recuperación de las enseñanzas de otras experiencias revolucionarias que nos antecedieron y, fundamentalmente, debemos tener siempre presente el proyecto político a largo plazo, anticapitalista y por el socialismo.

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