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LL junio (2)

En debate con el trotskismo argentino

En este artículo nos proponemos puntualizar algunos debates y diferencias que tenemos con la tendencia trostskista nacional. Nuestro apoyo no implica la disolución de nuestras críticas a sus organizaciones, menos aún delegar nuestra perspectiva y tareas políticas.

Sería absurdo disparar con un revólver sobre la urna electoral, pero sería todavía más absurdo defenderse de las bandas fascistas con una boleta electoral[1]León Trotsky

Con partidos de 40 o 50 años de trayectoria, el trotskismo detenta un lugar importante en la izquierda argentina. Con inserción en la clase obrera, en la juventud y con una insistente política en el terreno electoral, hoy es, para la mayoría de la población, la representación de “la” izquierda. Sus tres principales partidos hoy se encuentran agrupados en el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), alianza electoral a la que llamamos a votar en las elecciones de este año. Guiados por comprender que en unos comicios signados por lo que será la cristalización de un giro a la derecha del escenario político que intentará traer para los laburantes más ajuste y represión, el programa del FIT implica un importante piso para contraponer al sistema y discutir la construcción de una alternativa política anticapitalista para nuestro país. El apoyo no implica la dilución de nuestras críticas a sus organizaciones, menos aún delegar nuestra representatividad, perspectiva y tareas políticas.En este breve artículo puntualizaremos algunos debates y diferencias que tenemos con el trotskismo argentino.

Desde dónde

Caracterizamos la presente etapa como de acumulación de fuerzas. A su vez, desde nuestra corriente, el guevarismo, vivimos una época signada por tareas de reconstrucción. Lo previamente expuesto implica asumir que venimos de una derrota de carácter histórico sufrida por nuestra clase y su izquierda revolucionaria. El triunfo de nuestros enemigos tiene a la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética como expresiones simbólicas fundamentales del fenómeno en cuestión, pero que incluye el aniquilamiento físico de gran parte de la insurgencia del tercer mundo, la capitulación de los grandes partidos comunistas (eurocomunismo mediante) en Europa, la desarticulación de los diversos movimientos rebeldes en los propios países centrales, en síntesis: una avanzada generalizada del capital sobre la clase trabajadora a nivel mundial.

En nuestro país, dicho proceso tiene a la dictadura de 1976 como expresión más representativa. Con 30.000 desaparecidos, los militares vinieron a desarticular al movimiento popular y sus organizaciones que por ese entonces se planteaban con seriedad la cuestión del poder y la posibilidad real del socialismo en Argentina. El método fundamental fue la aniquilación física, la misma logró su cometido. El guevarismo fue uno de los principales blancos del imperialismo y el capital. El resultado fue un quiebre histórico de gran magnitud y un desarme ideológico de la clase. Al día de hoy, aún no hemos podido reconstruir una izquierda revolucionaria en nuestro país, lo cual es fruto de la derrota histórica pero también de no pocos errores propios.

Esta propia debilidad debe ser reconocida porque es la que nos permite precisar las características de un apoyo al FIT que, a nuestro modo de ver, no puede ser sino crítico, si lo que se quiere es construir una alternativa social y política con perspectiva de poder. Y reconocemos autocríticamente la debilidad de la izquierda revolucionaria, lo que hoy no nos permite levantar una alternativa propia o al menos discutir el programa y perfil del FIT. De ahí se deriva una de nuestras primeras certezas, un apoyo al FIT no puede significar el retraso en las tareas de reconstrucción guevarista y de una izquierda revolucionaria, reconstrucción que implica profundizar nuestra inserción (sobre todo entre los trabajadores del sector privado), dar visibilidad a nuestra perspectiva política y reforzar el rearme ideológico.

Electoralismo e institucionalismo, dos demonios

A nuestro modo de ver, la lucha electoral detenta un carácter táctico. Esto implica que la misma no debe ser confundida con nuestros objetivos de fondo y no puede ser un obstáculo para dichos objetivos estratégicos que, precisamente, implican la superación de una institucionalidad burguesa cuyo único fin es someter a nuestro pueblo. De lo dicho se desprende que no depositamos expectativas en que mediante los comicios se puedan resolver los problemas de nuestra clase y el pueblo, menos aún queremos infundir o fortalecer esa idea en el seno del mismo. La utilización de la táctica en cuestión tiene que ver con que el nivel de legitimidad que detenta la institucionalidad burguesa determina que el grueso de la discusión política actual que alcanza a nuestra clase se da frente al acto eleccionario, como momento político fundamental, hecho que no nos entusiasma. Mas no se trata de cuánto nos guste a nosotros lo que ocurre, sino más bien de lo que efectiva y precisamente ocurre.

En este punto nos diferenciamos del trotskismo argentino, corriente que le da a la lucha electoral una entidad y gravitación estratégica, aun cuando sus documentos programáticos digan lo contrario; no es correcto caracterizar a una organización solo por lo que dice de sí misma, sino fundamentalmente por lo que hace. Las organizaciones trotskistas suelen combinar consignas verbales ultraizquierdistas con una práctica política institucional y moderada. Sin una política disruptiva, la izquierda corre el riesgo de integrarse siendo funcional al sistema, embelleciendo el Congreso, canalizando institucionalmente la organización popular, fortaleciendo la idea hegemónica de que la democracia burguesa garantiza que gobierne el promedio de la sociedad, si los trabajadores ganaran las elecciones, pues entonces habría un gobierno de los trabajadores, idea que oculta el carácter de clase de la actual institucionalidad dominante.

Demostración de dicho posicionamiento es la recurrencia del FIT, sin más, a las PASO como herramienta para dirimir las candidaturas. Una recurrencia que fortalece la falsa idea de representatividad que el poder dominante infunde en la sociedad, idea despolitizante que implica la invitación a que los trabajadores elijan sobre “figuritas” y no a que debatan sobre programas.

Esta concepción se expresa también en su fuerte respeto a las instituciones, su rechazo a la bronca popular cuando la misma se manifiesta violentamente, su macartismo -aunque suene paradójico- y condena a las organizaciones que recurrimos a la acción directa como método de lucha. Dichos posicionamientos vienen de larga data, sobre todo en el morenismo, una de las tendencias fundamentales que engendra al grueso de las organizaciones trotskistas de nuestro país (“todas” menos el PO). De dicha corriente son herederos, con mayor o menor crítica a sus orígenes, el MST, PSTU, IS, PTS, Nuevo MAS, entre otros. Para ejemplificar, el morenismo en plena dictadura (mayo de 1976) tituló un artículo nada más y nada menos que “Repudio a la guerrilla[2]”, como si no hubiera en la escena nacional algunos enemigos más merecedores de repudio que nuestros 30.000 compañeros desaparecidos por el genocidio burgués e imperialista. El mismo morenismo que ha alimentado y alimenta la teoría de los dos demonios: “La organización guerrillera es enemiga de la movilización permanente de las masas, también, porque sus acciones provocadoras desatan o sirven de excusa para desatar violentas represiones y hasta golpes de estado.[3]” Teoría de los dos demonios que también difunden los intelectuales del PTS, por ejemplo a la hora de “analizar” la guerrilla del Che en Bolivia: “Barrientos [dictador boliviano en ese entonces] utiliza el pretexto de la lucha contra la guerrilla desarrapada para relanzar la represión contra los bastiones mineros en junio de 1967[4]“.

El Partido y las masas

Otro aspecto que nos diferencia del trotskismo argentino es la forma en la que concibe a la organización revolucionaria, concepción que lo lleva a un partido-aparato-centrismo nocivo, profundamente perjudicial para la acumulación de organización y el desarrollo de la conciencia. Como organización leninista, consideramos al Partido un elemento indispensable y absolutamente central para el desenvolvimiento de un proceso revolucionario. Pero comprendemos que el mismo debe ser una herramienta de los trabajadores, expresión de la fusión entre la teoría revolucionaria y los obreros avanzados. La acumulación de la clase en su conjunto está en el centro, el partido no puede ser un obstáculo para ello sino precisamente su indispensable dinamizador. Su comprensión va a contramano de la precisa concepción que el propio León Trotsky tenía sobre el partido y su relación con las masas, que prodigiosamente sintetizara al formular: “Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor[5]”.

La tendencia del trotskismo a romper todo espacio que no tenga la dirección de su partido es muy nociva para nuestra clase. Si no se supera la estrecha concepción escolástica de concebir teóricamente a la propia organización como el “partido-verdad”, el cual estaría comprobado previo a la experiencia, difícilmente pueda estarse a la altura de dirigir un proceso revolucionario. El Partido de la clase no se construye en un laboratorio, en una mera discusión programática, sino que se construye históricamente, en su ligazón con las masas realmente existentes; no se proclama sino que es reconocido como tal por los trabajadores y el pueblo. El Partido es praxis, debe comprobarse.

En última instancia esto se deriva de una concepción simplista del desarrollo de la conciencia y la politización, de fuerte raigambre determinista. Según la cual las masas tendrían una disposición innata y permanente a la lucha contra el sistema, disposición que es obstaculizada siempre por la burocracia y los populismos, meros tapones de un proceso irrefrenable. Al Partido sólo le toca alimentar dicha disposición mediante la agudización de consignas económicas. Este espontáneo movimiento de masas empalmaría con el programa y las consignas correctas previamente elaboradas por el Partido-verdad. Esto conlleva a un sectarismo y una miopía frente a la necesidad de una acumulación real del conjunto de la clase.

Dicha concepción se vuelve todavía más nociva, cuando se pone en consideración que existen unas cien organizaciones que se creen ellas mismas el partido-verdad. Generando un cuadro patético en el conjunto de la izquierda, un cuadro del que se ríe el poder y se espantan los trabajadores. Así, cualquier asamblea barrial o conflicto obrero, cualquier instancia de articulación entre diferentes organizaciones de izquierda, se constituye en un campo de batalla intra-izquierda donde se libra la pelea final entre los representantes del kerenskismo, el kornilovísmo y el bolchevismo. La militancia se auto-consume, la clase se desmoraliza.

Estas propias limitaciones se encuentran trágicamente plasmadas en el carácter que asume el FIT. Se trata de una mera alianza electoral que no se traduce en ningún espacio de organización real del movimiento obrero y popular, que no se expresa en las luchas. Basta recordar que hasta en las elecciones de la Unión Ferroviaria contra la burocracia de Pedraza (asesina de Mariano Ferreyra), el PO y el PTS presentaron listas separadas. Basta recordar que ante una profundización del ajuste y la represión, donde todos los actores de la sociedad cierran filas; el PO, el PTS e IS crean cada uno “su espacio de unidad sindical”, cada uno presentado como el verdadero, donde aparentemente se unirían la izquierda y el movimiento obrero.

Eurocentrismo

El trotskismo argentino es eurocéntrico, siente desprecio por las costumbres y la historia de nuestra patria y nuestramérica. Su estudio de la revolución rusa no nutre la reflexión de los propios procesos regionales y continentales, sino que la conciben como algo “alternativo”. Así tan sólo esperan revoluciones puras que no encontrarán, esperan que se reediten las condiciones de una historia-tragedia que no se reeditará porque la historia sólo se repite como farsa.

Basta leer los posicionamientos sobre Cuba, Venezuela o la insurgencia Colombiana, para ver que el trotskismo se constituye como un evaluador externo de todo proceso, con posiciones soberbias y lapidarias de todas las experiencias nacionales que no dirigen (lo que significa lisa y llanamente: todas). Arremeten con formulaciones simplistas y de manual que desprecian a los pueblos que luchan, pueblos que se enfrentan al imperialismo y que para nosotros hay que reivindicar aun cuando peleen dirigidos por caudillos nacionalistas o que no sean socialistas (lo que no implica diluir las críticas). Porque la lucha de clases se da en movimiento y ante un escenario tan adverso resulta pertinente al menos recurrir a la duda cuando el resultado político de nuestras posiciones se asemeja a menudo con el del imperialismo.

A modo de conclusión

Partiendo de nuestra propia debilidad, asumiéndola y no escondiéndola, marcamos humildemente nuestras diferencias con el trotskismo. Lejos del macartismo, los comprendemos compañeros y damos una discusión franca, sabiendo quiénes son nuestros enemigos. Aquí no hay agentes de la burguesía, ni traidores, ni claudicadores seriales, hay discusiones entre compañeros que no deben obstaculizar la única acumulación real que es la de la clase en su conjunto, autónoma de y contra el Estado, independiente de los partidos patronales, con conciencia de clase.

Nos diferenciamos de la gravitación estratégica que le dan a la disputa en el marco de las instituciones, estrategia reducida al parlamentarismo burgués. Hija de la misma concepción es su comprensión imprecisa del rol de la violencia, que la termina por entender como una “superestructura”. Comprensión que asume a la violencia como mero resultado evolutivo y espontáneo del desarrollo de la lucha de clases. De ello se deriva una concepción insurreccionalista y espontaneísta que desdibuja el papel de la vanguardia revolucionaria. Como dijera Trotsky: “El proletariado no puede apoderarse del poder por una insurrección espontánea[6]”. Es por dicha incomprensión que nos acusan injustificadamente de foquistas, simplificando la vasta experiencia y los aportes que el guevarismo ha hecho a la teoría revolucionaria, como inocultable interlocutor protagonista del movimiento revolucionario en nuestramérica en las décadas del 60’ y 70’ del siglo pasado, lo que lo constituye como la expresión más desarrollada del marxismo-leninismo en América Latina.

Para construir una verdadera alternativa política de los de abajo, con capacidad de interpelar a nuestra clase y confrontar realmente con el poder, con independencia de clase y perspectiva anticapitalista, con perfil disruptivo y potencialidad para devenir en alternativa revolucionaria, sin duda el aporte de León Trotsky, entrañable revolucionario, fundador del Ejército Rojo, a quien en Hombre Nuevo valoramos y estudiamos, será indispensable. Así también, será indispensable la batalla de ideas para rearmarnos ideológicamente como clase y como izquierda revolucionaria, lo que significa, a su vez, disputar ideológicamente con el trotskismo como corriente hegemónica de la izquierda argentina, para de dicho modo aportar a la reconstrucción del guevarismo, corriente indispensable para la liberación de nuestra clase y nuestro pueblo.

 

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[1]Trotsky, León; ¿A dónde va Francia? Editorial IPS. Pág. 107.

[2]“Repudio a la guerrilla”,Cambio, Buenos Aires; Primer quincena de mayo de 1976. Nº1,pág. 16.

[3] Moreno, Nahuel; “Tesis sobre el Guerrillerismo”; 1973.

[4] Aguirre, Facundo;“El asesinato del Che (y la tragedia del guerrillerismo)”,La izquierda a diario, 8 de octubre 2014.

[5]Trotsky, León;Historia de la Revolución Rusa, Ed. Razón y Revolución, pág. 20.

[6] Trotsky, León;“Prólogo”, Las lecciones de octubre; 1924.