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El 2001: un cambio de etapa en las luchas

Nuestra agrupación, y cada uno de los hombres y mujeres que formamos parte de ella, nos sentimos hijos de la rebelión y de las luchas callejeras de 2001 y 2002. Quienes nos habíamos iniciado en la militancia en los noventa y que entre los hitos de la lucha de clase reciente contábamos con más derrotas que victorias (la dictadura, la defensa de la democracia burguesa como único horizonte, el derrumbe de la URSS, la hiperinflación, la desocupación de un cuarto de la población, etc.) tuvimos en esas jornadas nuestra primera gran revancha con una historia que hasta entonces se nos había mostrado bastante esquiva. Años de lucha y experiencia en los cortes de ruta y piquetes, años de puebladas que en principio aparecían como respuestas locales a una misma política pero sin vinculación orgánica entre sí, pegaron un salto de calidad en el “Argentinazo” y adquirieron un nuevo sentido.

Con las calles de la ciudad de Buenos Aires y de muchas otras ciudades y pueblos de todo el país cubiertos de manifestaciones y asambleas, la hegemonía neoliberal de que no hay otro mundo que el injusto que existe y que la única salida válida es la individual cayó desmoronada entre las barricadas y los combates callejeros. La consigna del “Que se vayan todos” que unificó en los hechos reclamos diversos, respondió a una situación económica insostenible con niveles de desocupación y desigualdad sin precedentes en nuestro país, en la pérdida de ahorros de sectores de la clase media, pero también fue una contestación contundente a la declaración del Estado de sitio.

La clase dominante y el Estado luego del 2001

También la clase dominante y el Estado están todavía marcados por la experiencia de 2001. En los años que rondaron en cambio de siglo la cohesión del bloque de poder económico y político comenzó a crujir. La necesidad de salir de la convertibilidad y la pelea férrea sobre quién saldría menos perjudicado hizo que la compacta unidad que los diversos sectores de la clase dominante habían mostrado durante buena parte de los noventa se resquebrajara. Políticamente, el patético fracaso de un proyecto que se planteaba como la versión “honesta” del menemismo mostró que la corrupción es una moneda corriente en un sistema como el capitalista en el que todo se compra y se vende.

Pero la burguesía consiguió no sólo reimponer el orden sino que logró con una gran iniciativa reconstruir su hegemonía. El default anunciado por Rodríguez Sáa y la devaluación de Lavagna, que produjo una caída del salario real en torno al 40%, fueron las medidas de choque con las que el empresariado doméstico recuperó sus condiciones de rentabilidad. Esto, sumado al aumento sostenido de la demanda y de los precios de las exportaciones nacionales en el mercado mundial, abrió la recuperación económica del capitalismo en Argentina. Políticamente, la Masacre del Puente Pueyrredón organizada por Duhalde y cía., si bien obligó al adelantamiento de las elecciones y selló la suerte personal del político de Lomas de Zamora, mostró que el Estado estaba decidido a reimponer el orden a como diera lugar. Creadas las condiciones económicas y políticas de ese orden, fue Néstor Kirchner quien emprendió la labor de recomposición de la gobernabilidad y de construcción de consenso complementando la coacción.

Bajo las condiciones políticas y subjetivas creadas por el 2001, dicha recomposición sólo pudo realizarse expropiando parte de las banderas enarboladas por la población en aquellas jornadas de diciembre. La transversalidad, la verborragia contra el FMI, la política de derechos humanos, los retoques en el aparato policial y determinadas medidas focalizadas hicieron crecer la confianza en amplios sectores del pueblo en el proyecto kirchnerista. En forma concomitante, la situación económica mejoraba en el marco de la recuperación de la economía mundial y, en particular, de una nueva dinámica de precios y demanda de los commodities que revertiría décadas de déficit comercial y fiscal. A medida que se salía del pico de miseria de 2001-02 a través de la implementación de concesiones a los sectores más castigados y del crecimiento del empleo -aunque precario en gran medida-, las ansias de participación popular se iban reduciendo.

La capacidad de reencauzar hacia las instituciones a una parte importante de organizaciones del campo popular que habían participado activamente de la lucha contra las privatizaciones, la miseria, y la impunidad de los noventa se combinó con una revivificación del peronismo que desmintió las sentencias apresuradas de más de un intelectual o exponente de la izquierda tradicional acerca de su defunción luego de la experiencia menemista. Sin desconocer los ingentes recursos económicos y de poder en juego, la rapidez con que la iconografía y sobre todo los principios básicos del peronismo fueron reactualizados (la conciliación entre capital y trabajo, la importancia de la intervención estatal para evitar los “excesos” del mercado, la reivindicación del capital industrial por sobre los intereses del agro y de la finanzas, etc.) constituyen una muestra clara de que un cambio en el sentido común y en la identidad requiere de una labor conciente y muy compleja y que no será resultado mecánico de las “malas políticas” encabezadas por los representantes políticos del peronismo.

La asunción de Cristina Kirchner en 2007 marcó un nuevo momento. Frente a la crisis internacional de 2008 que significó una reducción acelerada de los ingresos provenientes de la soja, principal producto de exportación y fuente de las divisas que garantizaron durante largos años el superávit comercial, el gobierno se enfrentó con las patronales agrarias al intentar imponer las retenciones móviles. En un contexto en el que la “Mesa de Enlace” de las corporaciones agrarias lograba acaudillar detrás de un programa de neoliberalismo explícito a una parte importante de los empresarios, a la mayor parte de los sectores medios, e incluso a algunas organizaciones populares, el apoyo de los movimientos sociales alineados detrás del gobierno y del movimiento obrero organizado sindicalmente en la CGT fueron cruciales para evitar que la ofensiva patronal se tradujera en una efectiva desestabilización. Luego de la derrota de la iniciativa de las retenciones y su traducción en el triunfo de la oposición burguesa en las elecciones legislativas de junio de 2009, el gobierno consiguió recuperarse. La mejora de la situación internacional para los productos de exportación, el triste papel de el efímero “grupo A” de oposición legislativa fueron diluyendo el consenso y la fuerza que el llamado “campo” había logrado. El gobierno, por el contrario, respondió al revés con una decidida iniciativa que se desplegó en varios frentes (estatización de las AFJP, Asignación Universal por Hijo, Programa Argentina Trabaja, etc.), siendo la efectiva política cultural y el empleo sistemático de la mística, sobre todo entre sectores de la juventud, los dos rasgos más novedosos que sirvieron para amplificar simbólicamente los efectos materiales mucho más modestos de las medidas. La capacidad de capear la primera fase de la crisis internacional en 2008-09 junto al mantenimiento de rentabilidades récord en todos los sectores empresarios culminó en la progresiva desmembración del “frente patronal” de 2008 y en el creciente apoyo del empresariado en su conjunto al gobierno. La participación electoral y el triunfo incontestable del kirchnerismo en las elecciones presidenciales que llevaron a Cristina Kirchner a un segundo mandato pueden verse, más allá de la suerte de diversos partidos, como la culminación del objetivo estratégico de reconstrucción hegemónica burguesa. No es menor que la presidente, al igual que representantes de su entorno, no pierdan oportunidad de recordar “el infierno del 2001”. Recientemente, la mandataria demostraba que por lo menos una parte de la clase dominante tiene muy presentes las “enseñanzas” del 2001, al advertir en la cumbre del G-20 en Cannes que si no se realizan concesiones luego se deberá enfrentar la furia de la sociedad y se pondrá en peligro la confianza en la democracia.

Sin embargo, la situación está en movimiento. Por un lado, la profundización de la crisis mundial está afectando a la Argentina de un modo mucho más grave que años atrás; si bien la historia ha mostrado que no hay una relación mecánica entre crisis económica y situación de cambio (no hablar de situación revolucionaria), ya es notorio que el margen de acción del gobierno que surgía de la bonanza económica se ve limitado. Por el momento, el apoyo del empresariado al gobierno, más allá de los cruces verbales con algunos grupos económicos, no se ha conmovido. El apoyo de la parte de la clase media que se reivindica “progresista”, la fuerte construcción de instancias orgánicas propias entre la juventud (en especial La Cámpora) son uno de los puntos fuertes que el gobierno supo construir luego de 2008 y que todavía se mantiene y no pareciera mostrar señales de modificarse en forma drástica. Sin embargo, los principales puntos de conflicto atraviesan el propio armado del gobierno. La “sintonía fina” y la cada vez más abierta crítica oficial a los trabajadores que se organizan, luchan y reclaman aumentos salariales frente a la inflación, ha provocado la ruptura con el sector del movimiento obrero sindicalizado encabezado por Moyano lo que crea un nuevo escenario. La misma burocracia que cogestionó el conflicto laboral durante los años de crecimiento a tasas chinas, la misma burocracia que se benefició con la participación en las privatizadas y la tercerización, la misma burocracia que enfrenta las conducciones clasistas que con dificultades fueron surgiendo en estos años y que asesinó a Mariano Ferreyra, la misma burocracia que calló la situación del 40% de precariedad, ahora se posiciona en la oposición. En otro sentido, el quiebre de la alianza con Scioli y la disposición a crear una situación compleja en la provincia más grande del país permite prever que la conflictividad abierta estará mucho más en la agenda que lo que ocurrió en los años de auge del kirchnerismo.

Las lecciones que extraemos del 2001

De la experiencia de rebelión de 2001 extrajimos importantes lecciones, muchas de las cuales siguen siendo tareas a resolver.

Las numerosas y variadas acciones de masas en torno de 2001 demuestran la importancia de realizar análisis dialécticos de la situación, evitando las aseveraciones que parten de petrificar situaciones o las evaluaciones que surgen de una visión estática y unilateral de la realidad. El mismo pueblo que parecía adormecido u obnubilado por el canto de sirena del neoliberalismo fue capaz, bajo determinadas condiciones, de salir a la calle, de romper con la institucionalidad, de enfrentarse con las fuerzas de seguridad. Por supuesto, estas acciones masivas no suelen perdurar en el tiempo, lo que crea la condición de posibilidad de reconstrucción del orden. Pero no está de más recordar  esto cuando la reproducción normal de la dominación hace que no presenciemos grandes conflictos extra institucionales.

Somos hijos del 2001 no por considerar que la historia de lucha de nuestra clase y nuestro pueblo comenzó allí, sino porque creemos que allí se abre una nueva fase para la lucha que demanda – de quienes buscamos aportar a una transformación revolucionaria y socialista- la realización de nuevas tareas.

Las jornadas de 2001 estuvieron preparadas por una década de experiencias de lucha contra el neoliberalismo. Sin embargo, la irrupción de masas fue un hecho que sorprendió a organizaciones políticas y movimientos sociales que no pudimos o supimos cómo potenciar esa fuerza que se expresaba en las calles en capacidad de transformación radical.

Por otra parte, la confusión que generó el cambio de etapa en la lucha de clases una vez que la clase dominante puso en juego un conjunto de armas más complejas de las que había necesitado el menemismo, mostró que el avance que se había realizado en la organización reivindicativa no había estado acompañado por una consolidación política.

Ante esta misma constatación, muchas organizaciones han realizado el diagnóstico de que en diciembre de 2001 lo que faltó fue “el partido”. Desde Hombre Nuevo, entendemos que esto es cierto siempre y cuando no se conciba al partido en el sentido estrecho de un núcleo organizado. Compartimos la idea de que lo que faltó –y que se nos plantea como tarea hoy- es una organización política con inserción real en las masas, con capacidad de interpelar a amplios sectores y no sólo al activismo, y, algo crucial, decidida a apostar en serio a la construcción de la unidad con otras corrientes y agrupaciones en frentes únicos de clase, en pos de la acumulación de poder de la clase superando la mezquindad de la auto-acumulación.

Por ello, en Hombre Nuevo nos planteamos el problema de la organización política, reivindicando la necesidad de una agrupación militante, disciplinada y centralizada. También apostamos a la unidad entre núcleos y nuestra propia historia (en la que en tres años hemos emprendido dos procesos de fusión) es una muestra de ello. Sin embargo, estamos convencidos de que esa construcción –imprescindible, insistimos- debe tener profundas raíces en el pueblo, debe ser capaz de reconocer que seremos un aporte más al partido de nuestra clase, porque no tenemos dudas de que la emancipación de la clase obrera será obra de la clase obrera misma.

Las lecciones de los años de kirchnerismo

La experiencia de estos años de kirchnerismo ha sacado una vez más a la luz el carácter estratégico de la construcción con una política independiente de la clase trabajadora. Ni la disposición al enfrentamiento aisladamente, ni la capacidad de interpelar a amplios sectores en sí mismo bastan para garantizar la independencia política de la clase. La facilidad con que muchos grupos, corrientes y sectores que habían sido emblema de la lucha contra el neoliberalismo en los ’90 pasaron a integrarse y a defender al Estado, muestra tanto la necesidad de volver a estudiar con rigor los clásicos del pensamiento socialista, como de replantear la imprescindible unidad (mediada, por supuesto) entre estrategia y táctica.

Muchos miles de hombres y mujeres nos antecedieron en la lucha por una sociedad sin explotación, muchos miles de hombres y mujeres se organizaron para resistir los efectos de este orden social en el que un grupo minoritario vive del trabajo ajeno. Es necesario restablecer ese hilo rojo que une todas las luchas, no para repetir, sino para poder captar mejor qué es lo nuevo que nos presenta cada situación pero contando con el irremplazable apoyo de más de un siglo y medio de desarrollo teórico y práctico.

La recuperación de nuestra identidad como clase trabajadora se torna tanto más urgente cuando sectores de la burocracia sindical buscan apropiarse de esa historia de lucha, omitiendo nada menos que el antagonismo irreconciliable que existe entre capital y trabajo.

Creemos que uno de los principales desafíos que debe guiar nuestra acción es la construcción de la unidad de nuestra clase que hoy se encuentra atravesada no sólo por la diferencia entre ocupados y desocupados sino por una infinidad de situaciones de precarización y contratación. Al mismo tiempo, no nos podemos resignar a la hegemonía que las corrientes conciliadoras tienen dentro del movimiento obrero ocupado. La realidad de que el peronismo tiene un profundo arraigo en la identidad y en la conciencia de gran parte de los trabajadores, e incluso muestra su capacidad para interpelar a las nuevas camadas de trabajadores jóvenes, nos obliga a pensar y llevar adelante formas de intervención que disputen esa situación.

Como consecuencia de esto es que apostamos a diversos reagrupamientos en los que el debate con otras agrupaciones y corrientes no impide la construcción de experiencias reales y superadoras de la fragmentación, y no dudamos en aportar nuestra pequeña pero sincera energía militante a aquellos espacios que desde nuestro punto de vista contribuyen a la formación, organización y concientización de amplios sectores de trabajadores. Aunque en forma incipiente, vemos que desde la nueva izquierda de diez años para acá hemos avanzado en muchos de estos aspectos, no sólo en el balance teórico si no en la superación práctica que es, en definitiva, donde habrá de saldarse la corrección de este análisis.

La Nueva Izquierda: potencialidades y desafíos

Enfrentamos el desafío para una acción política revolucionaria que surge de la caracterización de la etapa desde un posicionamiento dentro de la Nueva Izquierda.

Preferimos adoptar la denominación de Nueva Izquierda antes que la de “Izquierda Independiente” ya que remite a una historia que nos interesa recuperar. Básicamente, han recibido el nombre de NI todas aquellas expresiones, organizaciones, corrientes teóricas, experiencias políticas que se nutren de la teoría revolucionaria de una manera heterodoxa, criticando el dogmatismo y el mecanicismo de otras corrientes políticas, principalmente del stalinismo. La NI ha reivindicado un marxismo crítico desde el cual pensar una estrategia socialista revolucionaria, pero que contenga elementos prefigurativos de la futura sociedad.

En Argentina se suele conceptualizar como Nueva Izquierda, aquellas rupturas con el Partido Comunista y el Partido Socialista durante la década del ‘60, que influenciadas por procesos políticos como la Revolución Cubana, dieron origen a un heterogéneo arco de manifestaciones sociales, culturales, intelectuales, políticas e ideológicas divergentes entre sí y que, si bien no logran constituirse en un actor político unificado, llegaron a ser un sector protagónico en la lucha de clases en aquellos años.

La denominación de Nueva Izquierda en la situación actual requiere aún de una profundización tanto teórica como práctica para adquirir una entidad como tal en la realidad. En la actualidad es un movimiento joven y heterogéneo, pero con un denominador común: la búsqueda por superar las formas clásicas de hacer política surgida ante todo de un posicionamiento crítico frente a la Izquierda Tradicional; la preocupación por la construcción de instancias prefigurativas de la sociedad que queremos construir, apostando al desarrollo del poder popular.

Hay rasgos sumamente arraigados en la lógica de funcionamiento de la IT que hacen que no veamos potencialidades en ella para encabezar un proceso de transformación profundo en nuestro país. La lógica de priorizar siempre la acumulación del partido por sobre la del conjunto de la clase y/o de la izquierda; la burocratización que eterniza las divisiones entre los militantes que dirigen y los que ejecutan; el verticalismo por el cual cada militante de base debe acatar la línea que se “baja” desde la dirección (aun cuando la misma contraríe la realidad del frente de intervención); la idea de que disputar la dirección de un proceso se dirime a partir de figurar más que otros y, en caso de no conseguirlo, apostar a la destrucción del espacio; la escisión entre la meta de una sociedad plenamente humana y prácticas cotidianas mezquinas; la auto-designación como vanguardia que tiene LA verdad y que debe “llevarla” a las masas, el sectarismo, el consignismo, la preocupación por interpelar sólo a la vanguardia sin poder dialogar con amplios sectores sociales, son sólo algunas de las características más visibles y negativas de lo que se conoce como IT. Pero también lo son la institucionalización, la insistencia sobre los lugares comunes, el dogmatismo teórico que  genera serias limitaciones para analizar la realidad y para actuar creativamente.

La intervención de la IT en el movimiento piquetero, en las asambleas populares, en las fábricas recuperadas, en los espacios de coordinación más generales corrobora (lamentablemente) este diagnóstico y justifica que no veamos en ese arco la posibilidad de construcción de una alternativa verdaderamente revolucionaria. Vale destacar que los elementos negativos que hemos mencionado, no tienen que ver con una cuestión psicológica o de malas intenciones; las prácticas de la IT están justificadas teóricamente, tienen que ver con una caracterización distinta de la etapa, una concepción diferente del cambio social, de la relación entre táctica y estrategia y del perfil militante que promueven y construyen. No obstante estas afirmaciones, no se trata de “tirar al niño con el agua sucia”. La militancia sistemática y planificada, la inserción en sectores duros de la clase trabajadora ocupada y la seria disciplina, son algunos de los elementos que debemos saber valorar y retomar de la IT. Un déficit importante de la NI es su escasísima inserción seria en los sectores ocupados de nuestra clase, debido en parte a su juventud y a cierta tendencia “pragmática” que tiene su traducción en una especie de “crecer por donde se puede”.

La Nueva Izquierda surge con la nueva fase para la lucha que se abre en 2001. A partir de esa coyuntura, han proliferado activistas, colectivos militantes, movimientos sociales, agrupamientos que en los últimos años vienen desarrollando experiencias organizativas con diversos grados de inserción de masas. Estos jóvenes agrupamientos con sus distintos tonos, matices y déficits, han nutrido y enriquecido el escenario político de nuestro país. Si analizamos estas experiencias, desde un punto de vista de la izquierda en general y la situación actual del movimiento popular, podemos concluir que estamos en mejores condiciones que en décadas anteriores para la acumulación política de nuestra clase.

Estas condiciones reales permitirían a estos reagrupamientos plantear con un mayor grado de influencia aspectos de la lucha política y no sólo reivindicativa. La capacidad para pensarse en la construcción con otras tendencias otorga vitalidad a la NI, lo que adquiere un carácter estratégico en la actual etapa de acumulación. Sin embargo, estas corrientes carecen de visibilidad y no han podido constituirse como una tendencia fuerte dentro del campo popular y la izquierda. Esto se debe en parte a una serie de dificultades en los planos teórico, metodológicoy práctico para lograr acuerdos integradores y con perspectiva de continuidad en el tiempo (que no sean meras coordinaciones reivindicativas); lo que obstaculiza sistemáticamente las instancias unitarias entre los diversos sectores de la izquierda. El agrupamiento alrededor de acuerdos de tipo metodológicos, y no estratégicos, que caracteriza a la NI, determina que hoy sea un espacio indefinido, sin una delimitación que garantice el clasismo y la independencia política en oposición al reformismo y la centro izquierda.

En este sentido, si bien en líneas generales dentro de la NI se problematizan el dogmatismo, la burocratizan y la necesidad de crear programas intermedios, es indispensable atender a los peligros que implican ciertas definiciones si no son enmarcadas en una concepción revolucionaria. La flexibilidad táctica sin la firmeza estratégica, el diálogo con el sentido común sin su problematización, los programas intermedios sin una perspectiva revolucionaria de fondo, devienen oportunismo y reformismo. Si la reacción al sectarismo no es crítica, puede devenir fácilmente en oportunismo o espontaneísmo. La problematización al dogmatismo programático de la IT no debe confundirse con el rechazo total y macartista a los programas. La crítica a los metafísicos “calendarios rojos” que propone la IT no debe convertirse en un oportunismo que busque “atajos al poder”, que rozan el reformismo. La necesidad de diálogo y de apelación a las masas no debe perder de vista que de lo que se trata es de interpelar al sentido común, no de serlo.

Muchas de las tensiones que atraviesan al variopinto panorama de tendencias políticas que existen dentro de la NI son explicables por su poco desarrollo y la falta de sistematización que caracteriza a un movimiento aún joven y otras por la dispersión del elemento consciente. Por ejemplo, existen diferencias en los tiempos de construcción, en las visiones sobre el nivel programático, en larelación entre la construcción de base y los acuerdos superestructurales, en la noción de la nueva cultura militante (incluirse dentro de la NI no implica que este saldada esta discusión y de hecho la auto-referencia, las maniobras, el hegemonismo, entre otras prácticas poco constructivas, no es algo de lo que este inmune la NI), y en las concepciones diferentes acerca de la organización política: desde grupos que niegan la necesidad del partido, pasando por aquellos que apuestan a una construcción del tipo partido- movimiento, otros que planteen ligas de revolucionarios, y quienes plantean partidos de cuadros. Otras tensiones, pueden ser más coyunturales, por ejemplo  en relación a la caracterización de procesos de “ruptura” con el imperialismo, concretamente dentro de la NI se incluyen grupos que priorizan la contradicción antimperialista por sobre la de clase.

Sin embargo, entendemos que es un espacio en disputa. Con el desafío de construir en la diversidad y con otras tendencias como punto de partida, es preciso impulsar a la NI como una alternativa, con un programa propio, que nos permita dialogar con amplios sectores de la sociedad y disputar poder; que tenga real inserción de base, escapando a meras articulaciones superestructurales. Esta tarea implica el fortalecimiento y desarrollo serio y perseverante de una nueva cultura militante. A su vez, es preciso delimitar el espacio de las opciones de centro-izquierda, consolidando la independencia política y el clasismo.

Es preciso construir una Nueva Izquierda seria, extensa e importante, que supere la marginalidad y adquiera visibilidad, que se constituya como núcleo de atracción, plantándose como alternativa hacia los sectores desencantados del sectarismo y los reformismos. De esta manera, con este necesario desarrollo cualitativo y cuantitativo, la NI logrará polemizar de igual a igual con la IT para así re-discutir la imagen que la izquierda padece en amplios sectores de la sociedad.

Hace muchos años que caracterizamos que estamos en una etapa de acumulación de fuerzas. Pero resulta que muchas veces no superamos una lógica lineal de pensamiento, lógica que no logra comprender que no es el tiempo quien cambia la etapa, y tampoco la economía como un ente autónomo: eso depende de nuestra propia praxis como revolucionarios. La próxima etapa debe estar contenida, como embrión, en la actual y eso depende de las acciones de los que luchamos. Con comodismos y sin vocación de poder, no lograremos superar esta etapa, y es bien sabido que en la lucha de clases, lo que no avanza, retrocede.

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