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Editorial Octubre – Noviembre: Cría Sapos

Cría sapos

Algo ya se sabía: la historieta no prometía un final feliz. La terna de candidatos a presidente con mayor intención de voto ofrecía variantes poco promisorias para los de abajo. Una oferta entre tres productos del empresariado, como se ha dicho. Cierto desencanto, incluso, se vislumbraba entre buena parte de las filas del oficialismo nacional, que ya venía amoldando el paladar y ejercitando la tráquea para que el sapo pudiera ser tragado, con lancha y todo. Esto incluyó disciplinar a la tropa desde arriba, podarle otro pedazo más de expectativas, inyectarle una nueva cuota de resignación. Pero, en gran medida, el resultado de las elecciones celebradas el 25 de octubre le quemó el libreto no solo a los propios sino también a extraños. Una rajadura recorre el bloque oficialista, en el que, como en un hormiguero inundado, se perciben movimientos y realineamientos frenéticos entre caciques y subalternos buscando algo que flote, por si acaso el nivel del agua sube otro poco más. Estas disputas palaciegas exponen con crudeza que más allá de la genuina pero desacertada adhesión popular que sobrevive aún en sectores de la militancia kirchnerista, el precio de la lealtad para el peronismo gobernante se va devaluando incluso más que la moneda.

Pero el resultado electoral no solo sorprendió al oficialismo. Contra lo asegurado por la mayoría de los encuestadores, el muy extendido pronóstico que ubicaba a Aníbal Fernández gobernando la provincia de Bs. As. y a Scioli ganando la presidencia en primera vuelta, como todo lo sólido, se desvaneció en el aire. Así, el crecimiento del macrismo, como vertiente patronal más cercana al neoliberalismo noventista, tuvo un espaldarazo inusitado en las urnas, y no deja de ser una expresión que despierta justa preocupación entre los trabajadores y el pueblo. En este punto, y en medio de un desconcierto que no solo afecta al peronismo en desbandada, es necesario precisar el análisis. La inocultable existencia de una crisis política, no implica mecánicamente una salida en favor de los laburantes. Parece una verdad de Perogrullo, pero cabe señalarlo ante algunos balances que desde la izquierda, festejan triunfalmente el esforzado 3,3% de votos y señalan el derrumbe kirchnerista.  El casi 97% de sufragios a candidatos abiertamente patronales nos fija arduas tareas en pos de ganar la batalla ideológica, y quien quiera festejar la debacle del pejotismo oficialista  y contraponerla a una modesta elección de la izquierda, estará viendo el vaso 1/30avo lleno y no los 29/30avos vacío.  En pos de la precisión en el análisis que oriente correctamente nuestra praxis, también cabe señalar algo: la similitud entre las propuestas y candidatos sobrevivientes para la elección final, es tan pavorosamente grande, que hasta al propio oficialismo le cuesta (o no quiere) unificar un discurso y una estrategia para el ballotage.  Aclarado esto, también cabe el reconocimiento de un matiz, que indica que la correspondencia entre ambos candidatos en enorme, pero que no es exacta en todo. Desde luego, comparten su ADN menemista, su vocación de ajuste y su currículum al servicio del empresariado. Si hay algo irreal en el tambaleante escenario político, es el discurso maniqueo, ciertamente grotesco, que pretende instalarse desde sectores “progres” del kirchnerismo. Desde allí se plantea una inverosímil opción entre nombres y modelos, donde  la figura de Macri encarna el ajuste, y  la de Scioli, las políticas de inclusión social y soberanía. Sin necesidad de practicar predicciones astrológicas ni hechicería, basta asomarse a CABA y a la provincia de Bs. As. para ver las bondades de ambas gestiones y enumerar coincidencias y trazar contrapuntos. Lamentablemente, el juego de las siete diferencias entre ambos sería un desafío casi irresoluble. Las prevenciones acerca del macrismo son reales, aunque muchas veces sean exageradas por la progresía que hoy acompaña al kirchnerismo con fines proselitistas. La salida a la crisis por derecha es una realidad: lo que se omite desde el Frente para la Victoria es que Scioli no es el contrapunto en ese escenario, sino el complemento.

Por más muecas de espanto que ensayen los sectores biempensantes al imaginar a una Argentina amarilla alineándose más abiertamente con EE.UU. en el escenario internacional, abandonando la retórica latinoamericanista y cultivando incluso desde el discurso la xenofobia, o reculando en el plano de derechos civiles y cultura para adoptar un pastiche reaccionario y new age, cabe preguntarse, ¿quién le abrió la puerta a ese viraje? O mejor, ¿cuánto de eso no está ya en marcha? El avance derechista en curso lo determina la necesidad estructural de ajustar que tanto Scioli como Macri (y también el codiciado Massa) comparten firmemente. Los candidatos, sus campañas y plataformas son eso: atraer inversores, desplegar un nuevo pacto social para que, otra vez, el capital se engulla al trabajo. En el menú de anfibios con que nos convidan, y compulsivamente nos instan a optar, se nos pretende presentar dos modelos contrapuestos de país, cuando lo que realmente está en juego son dos modalidades de ajuste; una más gradual, una más drástica. ¿Se puede realmente pensar que optando entre la mesa de saldos de la política criolla vamos a construir algo distinto a lo peor de lo que ya existe? Macri representa el capitalismo de amigos, el “atendido por sus dueños” del empresariado al poder sin intermediarios, el desfalco, el nombrar a Abel Posse (un ex libretista de la dictadura) como ministro de Educación, el impulso reprivatizador. ¿Pero no es acaso la actual gestión, que precisamente ungió como candidato a un piloto de catamaranes experto en vuelcos, la que nombró a Milani y desplegó el Proyecto “X”, la que sostiene al ex carapintada Berni, la que hizo del choreo y del nombramiento de ñoquis en el Estado un deporte predilecto, la que terceriza laburantes hasta en el propio Ministerio de Trabajo y empuja los sueldo a la baja más allá de que sus ministros no usen corbata? ¿A dónde desemboca una década de perfeccionamiento en la política de concesiones para encauzar o frenar la presión real y potencial de los de abajo? ¿No es acaso el entremés para el regreso de fracciones de la burguesía más abiertamente reaccionarias? ¿Qué opción real nos plantea el oficialismo que elige a un candidato a gobernador signado como padrino narco y vinculado al asesinato de manifestantes, como es Aníbal Fernández, experto en el cinismo y la provocación incluso para justificar el reciente crimen político del militante chaqueño Ángel Verón?

La lógica del “mal menor” que desde la izquierda rechazamos, hecho que tanto aflige al progresismo, es una lógica perversa, que nos insta a tomar lo existente como natural e inamovible, a optar entre lo que no es una opción.  Esa lógica, impregnada de una visión de cortísimo plazo y que por lo general reniega de la lucha de clases, llevó a muchos a votar a De la Rúa en 1999 para enfrentar a Duhalde, por ejemplo. No hace falta explicar cómo terminó la historia.

No se trata del “purismo” de la izquierda y sus principios, se trata de ser claros: los trabajadores debemos conquistar nuestra independencia política de los patrones, y esto incluye entre otras cosas no votar a sus candidatos. Para enfrentar el ajuste en marcha y, fundamentalmente, el que viene, es imprescindible organizarnos para seguir luchando y profundizar la pelea, acorde a los nuevos desafíos. Mal podríamos pertrecharnos para enfrentar el ajuste dándole nuestro consentimiento a quienes lo aplicarán. Nos negamos a almorzar en ningún criadero de sapos. Seguiremos organizando la resistencia. Esperamos sinceramente, ser muchos más que hasta ahora. Si todos aquellos que expresan una acentuada preocupación por las políticas derechistas que se avizoran, superasen la queja inocua y se zafaran del corset que el peronismo propone de la mano del “mal menor” y la resignación cristiana a lo existente, el panorama para los ajustadores sería realmente menos favorable que el actual.

Como trabajadores, nunca las cosas nos resultaron sencillas. Como parte de una izquierda que no canjea sus banderas de revolución social por más nubarrones que haya en el horizonte, queda clara la perspectiva. Votar en blanco ante la oferta de los de arriba, construir resistencia desde abajo para enfrentar al ajuste. Como dice el refrán: nunca un cordero se salvó balando. La lucha de clases nos plantea nuevos desafíos. Como pueblo que ha sabido enfrentar dictaduras, resistir el maremoto neoliberal y hasta echar peleando cuerpo a cuerpo a un presidente ajustador y asesino, no  hemos bajado los brazos ni nos hemos resignado a elegir lo menos malo. Tampoco lo haremos ahora.