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03- Editorial

Editorial: Nuestra Patria, Nuestro Mayo

“y al mismo tiempo dividen a los pobres que cada día están más solos,

cantando el himno nacional y agitando la bandera,

en la fría noche de la patria ajena.”

Roque Dalton

 

El marca tarjeta, saluda al guardia en la garita que apenas levanta la vista de un juego en el celular, ve la luna escurrirse en un cielo de humo, piensa que un día cualquiera le llegará el telegrama ¿Quién me mandó a levantar la voz cuando había un buche de la patronal en el vestuario? Se ubica en la cabina y pone todo a funcionar, otra vez.

Los de maestranza se calzan las botas de goma y los delantales azules. Hace rato que el último traje dejó la oficina. Un chiquero, la oficina. Mientras se calza unos guantes naranjas, ella piensa que mañana le tiene que comprar un cuaderno nuevo al más chico -que por qué escribe y dibuja tanto- ¡con lo que valen!, dice. Y sonríe para dentro, y sonríe. En la casa, su niño recién concilió el sueño, el mayor lo hará en un rato cuando quede el último plato limpio.

Todavía no salió el sol y cree que siempre se olvida algo. El alquiler, lo paga mañana, si le pagan la suplencia del mes pasado. La reunión con la mamá de Juan, ¿era hoy o el jueves? Ojalá los auxiliares hayan puesto la pava en el fuego. Hoy les cuento uno de Quiroga a los pibes, el de la tortuga gigante, piensa. El libro duerme junto a las boletas sobre la mesa de la cocina, es lo único que no cargó en un bolso por demás pesado. Igual no importa, ella se sabe el cuento de memoria.

Arriba, el intrincado sol; abajo, este muchacho que ahora pasa delante de la escuela que lo tuvo como alumno hace apenas un par de meses. Casi tiene el impulso de tocar a la puerta, y que salga Jorge, el casero, con el mate, y le diga: pasá pibe, que ya entraron todos, abrochate el delantal, te esperan en la biblioteca. Pero no, hoy no; nunca hoy. Aprieta los dientes, y vuelve a su laberinto conocido. Se dice en un murmullo: que mañana los cartones de esa cuadra los levante otro gil.

Todo lo hecho, todo lo que durante más -siempre más- de ocho horas estuvieron haciendo, todo lo que sus manos formaron en ese tiempo: lo áspero, lo frío, lo estridente, lo abstracto, aquella porción de materia transformada, se les escurre, no les pertenece. Llámesele pieza o prenda, calle limpia o neumático, casa, llámesele 10 varas de lienzo, nada de eso les pertenece.

En este país, donde el glifosato se lleva la salud de los jornaleros, dónde la mitad de los trabajadores ganan menos $5500, dónde el trabajo precario y en negro sube, donde la pérdida real de salario registró en el último año una caída que lo retrotrae 4 años atrás, donde los niveles de vida de la clase trabajadora nunca volvieron a registrar los picos históricos más altos (que no son los de la década pasada, sino de hace más de cuatro décadas atrás), donde el cierre de cuentas sueldo registrado en el último año no fue inferior a 300.000, en este país la patria es de otros, es de esa minoría que vive de nosotros. Mientras el gobierno divide a los laburantes con el mito de que el pobre es pobre por culpa de otro pobre.

Sobre la historia de abajo, pesa una historia ajena, la historia escrita por otra clase. Una historia que presiona y configura una conciencia basada en la ajenidad y borronea los pasajes que los laburantes escribimos con sangre. En la historia de abajo, los laburantes marchan por la Avenida de Mayo en 1909, mientras el Coronel Falcón dispara contra una multitud; en la historia de arriba las minorías opulentas y oligarcas pasean toros campeones frente a la realeza y todo es una fiesta blanca y celeste. En la historia de abajo, los trabajadores de hoteles y puertos de Santa Cruz desatan una huelga heroica que termina con cientos de fusilados en pleno gobierno de Yrigoyen; en la historia de arriba, el radicalismo es la joya de la democracia Argentina.

La disputa cultural, por la conciencia de miles y miles de trabajadores, es nuestro objetivo más preciado. En esa disputa, entre otras cosas, llevamos nuestra historia entre los dientes. Y esa batalla, que recupera la lucha por los derechos y las conquistas que nos permiten vivir un poco mejor, no se agota en las reivindicaciones inmediatas, sino que se extiende a otras conquistas que exceden y nos elevan por encima de nuestro cerco de problemáticas cotidianas, hacia lo político, hacia convertirnos en artífices de una sociedad que cambie su lógica de existencia. Para recuperar el hilo de nuestra propia historia, de nuestra más legítima identidad, la de la clase, es preciso arrebatarle el poder a aquellos que viven de nuestra vida y de nuestras muertes, de nuestra hambre, de nuestra salud, de nuestro tiempo. El camino hacia esa emancipación, estamos convencidos, no puede ser otro que el de un cambio revolucionario de la sociedad, que remueva los cimientos de la misma. En esa patria, la patria socialista que anhelamos y por la que damos pelea cotidianamente, negamos la existencia de ese “otro” que los dueños de todo -incluso del lenguaje- detentan para regocijo propio en el exótico paisaje de la diversidad: esa diversidad que acepta sin rubores que hay un “otro” que puede ser explotado y un “mismo” que puede vivir en 10 mansiones. Nosotros no queremos ni aceptamos esa patria.

En un contexto político que auspicia una actualización del Kirchnerismo, reforzado por derecha, que profundizará las medidas de ajuste y represión, optar en las urnas por una izquierda más unificada con un programa en beneficio de los laburantes representa un mejor escenario para la disputa de aquella conciencia que referimos. Es un mejor escenario para la batalla por las ideas: las inmediatas, las de mediano plazo y las otras. Pero la trama electoral no nos debe distraer de nuestros objetivos estratégicos: la cuestión del poder nos supone un horizonte más complejo que no niega lo electoral como un aspecto táctico y que, por supuesto, no se reduce a ello. En todo caso, renueva el desafío -lo actualiza- de cuestionar a las instituciones y negar al Estado como posible árbitro entre los intereses antagónicos de los de arriba y los de abajo. La actual coyuntura no nos desvía del camino elegido, junto con el pueblo -sin gesto para las cámaras-, con las organizaciones obreras independientes de los gobiernos y las patronales, con los revolucionarios que reivindicamos las luchas por la emancipación de nuestra clase.

Para que no haya nada ajeno, para que el producto de nuestro trabajo sea realmente nuestro, para que no haya que conformarse con repartos entre pobres, sino oficializar el reparto de la riqueza entre quienes producimos dicha riqueza, para que no haya patrones, para que no haya una patria con la niñez vendida al mercado y una salud a los intereses de los pools de siembra, y nuestras manos, al confort de los ricos, y nuestro tiempo, a construir las casas de lujo en las que nunca viviremos mientras miles sueñan con un techo que no sea de chapa. Para que no haya una patria de (imposible) conciliación entre verdugos y víctimas, en alto hacemos flamear nuestra bandera por los trabajadores que han dado su vida por un mundo sin explotación, sin explotados, gobernado por trabajadores. Por todo esto, que es nuestro esqueleto y nuestra sangre: Viva el Primero de Mayo, la lucha obrera y revolucionaria, viva la lucha de todos los oprimidos contra el opresor, viva nuestra patria, que es de muchos colores, pero con una estrella bien roja, bien socialista.

Editorial La Llamarada.

Mayo 2015

Agrupación Hombre Nuevo

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