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Editorial: La miseria de este mundo en una foto

Esta fotografía ya ha entrado, seguramente, en la iconografía contemporánea. En el conjunto de imágenes que sirvan en el mañana para definir la miseria de la que fue capaz nuestro tiempo. En ella, el chiquito sirio de origen kurdo, de unos tres años, yacerá ahogado en la orilla del Mar Egeo cada vez que le posemos los ojos, o tan solo evoquemos su nombre, como una estaca en la memoria. Aylan Kurdi, hermano de Galip, dos años mayor que él; hijo de Rehan. Todos muertos mientras trataban de arribar a la costa griega en una embarcación precaria que había partido desde Turquía. Su nombre se inscribirá junto a otros, más de 2.500 en lo que va de este 2015; aquellos que murieron ahogados tratando de llegar a como dé lugar a tierras europeas. A diferencia de muchos de ellos, la imagen que retrató el cuerpo de Aylan permitió dotar de materialidad a esas cifras de horror. Mientras en algunos ámbitos se debate acerca de la pertinencia o no de esa fotografía, no exenta de crudeza; o sobe la real manipulación de los monopolios de prensa de esta imagen; esta discusión tiende a reemplazar otra de fondo acerca de la calamidad humanitaria y sus responsables. Mientras tanto, y ante esta foto, otras imágenes emergen en las retinas de muchos. La de Kim Phuc, con nueve años, corriendo desnuda por la ruta del sudeste de Vietnam, huyendo de los bombardeos norteamericanos con su pequeño cuerpo quemado por el napalm. Una fotografía de muchas para superar momentáneamente la abstracción de la cifra: dos millones de civiles vietnamitas muertos, por entonces; medio millón de niños sufriendo enfermedades de todo tipo producidas por el uso de armamentos químicos yanquis. Los muertos por las guerras que las potencias imperiales promueven; los desplazados por las cacerías étnicas o por el hambre. Los niños con sus vientres hinchados por la desnutrición y los parásitos, en África pero también en Chaco o en Formosa, y en pleno siglo XXI. Y, recurrentemente, los niños; frágiles y libres de culpa, pero contabilizados de a millares en la columna de las bajas en un sistema que hace de la producción a gran escala su emblema, también para la muerte.

Un primer efecto de la imagen es, sin dudas, el estupor. La congoja. Nada se gana con ella, si ése es el punto de llegada: aunque la indiferencia sea siempre más nociva que el estupor, con eso no basta. La justa indignación puede y debe llegar más allá. Porque ese horror tiene responsables. Cabe preguntar, entonces, ¿quiénes causan los desplazamientos de millones de personas? ¿Qué gobiernos hacen esfuerzos para que ello ocurra, qué mercaderes se enriquecen con el tráfico humano? ¿Quiénes condenan a tres cuartas partes de la población mundial a sobrevivir como sea? ¿Cómo subsisten a diario, por ejemplo, los casi 40 millones de kurdos a los que les niegan su Estado y que –como Aylan y su familia- son perseguidos por Turquía, por el Estado Islámico, pero también por el gobierno sirio y los bombardeos de la OTAN? ¿Cómo es que Europa y los países norteamericanos alzan vallas e impiden el refugio de los desplazados por sus propias políticas guerreristas en el norte de África y en Oriente Medio? ¿Cuál es el papel histórico del colonialismo europeo sobre Asia y África, o concretamente, el de Francia y Gran Bretaña saqueando Siria durante principios del siglo XX? ¿Cuántos niñitos como Aylan mueren bajo las bombas del imperialismo cada día? ¿Cuántos en la Franja de Gaza, destrozados por la metralla, las bombas incendiarias y el bloqueo criminal del sionismo, que reedita trágicamente los ghettos sufridos por millones de judíos, ahora sobre pueblos desplazados y masacrados por el Estado de Israel? Sólo en 2014, los civiles muertos bajo la ofensiva israelí fueron casi 2.000, de los cuales 400 eran niños. En ese mismo año, en nuestro continente, murieron casi 200.000 niños menores a cinco años, la inmensa mayoría de ellos por causas evitables, como diarreas o problemas respiratorios derivados de la mala alimentación.

La crisis humanitaria es global, y no cabe en una foto. Pero esta foto resume buena parte de ella. La crisis humanitaria implica a millones de desplazados, muchos producto de las guerras que el imperialismo promueve de manera directa y con las cuales sus monopolios armamentistas lucran, a veces de manera menos visible. Pero no solo las guerras, intrínsecamente vinculadas a la lógica capitalista, son las causantes del desastre. De los más de 200.000 refugiados que arribaron desesperadamente a Europa este año, más de la mitad huye del hambre y por motivos preponderantemente económicos; el resto lo hace, además, de la guerra.

Mientras el país del norte pasea como candidato a suceder a Obama en la presidencia a un multimillonario tan déspota como lenguaraz que afirma que alzará más muros para repeler a los chicanos en su frontera; mientras el variopinto elenco burgués criollo silva haciéndose el distraído y pasándose la pelota ante las recurrentes muertes de niños qom desnutridos y tuberculosos; mientras todo eso ocurre, los niños siguen siendo el eslabón más débil de este sistema de muerte que es el capitalismo. La llamada crisis migratoria y humanitaria no es otra cosa que la expresión de una civilización en decadencia: una que deja morir a diario a miles de niños, como Aylan, frente a la costa europea; como Oscar, en El Impenetrable chaqueño. Y un sistema de muerte como éste no admite mejoras, enmiendas o retoques. Un sistema que asesina niños debe ser destruido. Y en su lugar, los trabajadores tenemos -como principal clase explotada- el mandato histórico de alzar otro, uno humano, sin explotación ni opresión. En esa pelea estamos, día a día, con todos sus instantes. Para que llegue el momento en que las fotos como la de Aylan, que resumen en un instante toda la miseria de nuestro tiempo, sean vistas solo como el recuerdo de un pasado que nunca habrá de regresar.

Agrupación Política Hombre Nuevo.