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Cierre de un ciclo y nuevas tareas: a 14 años de la rebelión popular de 2001

El caluroso diciembre de 2001 nos encontró a miles de hombres y mujeres en las calles de la Capital Federal, y de muchas ciudades y pueblos del país, manifestando contra las políticas ajustadoras implementadas por el gobierno de la Alianza. Ocupamos el espacio público, nos enfrentamos a una dura re- presión que dejó como saldo el asesinato de 38 hijos de nuestra clase, en su gran mayoría jóvenes y expresamos el hastío de una hegemonía neoliberal que profundizó el individualismo y el consumismo. Respondimos en las calles a una grave situación económica y social con niveles de desocupación, pobreza y  desigualdad  sin precedentes en nuestra  historia.

 

Las jornadas del 2001 marcaron el fin de un ciclo. Con elementos espontáneos, esta rebelión popular indica el punto de llegada de un largo proceso de acumulación previo de experiencias de lucha y resistencia, protagonizado durante los noventa por obreros, desocupados, jóvenes precariza- dos, y una pequeña burguesía pauperizada afectada por la confiscación de sus ahorros.

 

Del que se vayan todos al gobierno atendido por sus dueños

El final de 2015 nos encuentra con el triunfo de un candidato expresamente de derecha en las elecciones presidenciales. En estos catorce años las clases dominantes han  sabido  reconstruir  la  legitimidad y la institucionalidad en crisis, papel que cumplió a la perfección el ascenso del kirchnerismo al gobierno en 2003. La historia del capitalismo verifica su capacidad para ceder reivindicaciones inmediatas cuando su poder está amenazado. El caso argentino no es la excepción. La burguesía sabe que en momentos en que se  pone en cuestión su propia dominación es preciso ceder el comando del estado a la fracción que más inteligentemente pueda reconstruir consensos, concediendo demandas a los sectores populares, aún cuando esas concesiones sean contrarias a los intereses inmediatos de los capitalistas: eso fue el kirchnerismo.

 

En pocos años ha habido un cambio en la subjetividad. Pasamos de una situación en la que buena parte de nuestro pueblo trabajador repudiaba a la casta política y  a los mecanismos de representación a una alta participación electoral con porcentajes que rondan el 80% del padrón. Transitamos del que se vayan todos a la impune vuelta de una buena cantidad de personajes responsables de la gestión en los noventa   e inicios del 2000. De la desconfianza en quienes nos gobiernan al consenso. El repudio a los políticos en la actualidad lo capitalizó el ascenso al gobierno de personas que aparentan estar por fuera de la política, sin tradición militante, bajo la idea insta- lada en el sentido común de que alguien que viene de la gestión de una empresa, del ámbito del deporte o de la actuación es menos propenso a la corrupción porque no le interesa robar ya que dinero no le  falta.

 

Las tres gestiones del kirchnerismo durante esta “década  ganada”  allanaron  el camino para que las clases dominantes vuelvan al comando directo del estado, esta vez casi sin intermediarios, para cerrar definitivamente el ciclo que se abrió en el 2001. Sin embargo, la llama del 2001 no   se cerró. En estos años varias organizaciones sociales y políticas nos mantuvimos independientes del estado y los patrones. No nos dejamos tentar por el discurso del posibilismo. Resistimos a la cooptación  del estado. Desoímos los cantos de sirena de un gobierno que se presentaba ante los ojos de millones como nacional y popular, mientras no modificaba en lo sustancial el carácter dependiente del capitalismo en nuestro país. Avanzamos en la  conquista de comisiones internas antiburocráticas, apostamos a reagrupamientos de fuerzas, sostuvimos la organización de los trabajadores desocupados y precarizados, nos organizamos contra la opresión patriarcal, resistimos el avance del saqueo de nuestros bienes comunes. Aún son experiencias limitadas, pero nuestras condiciones de posibilidad para enfrentar otra crisis de dominación no son las mismas. Nuestra tarea es prepararnos para que un próximo 2001 no se cierre con una recomposición burguesa, sino con un cambio en la correlación de fuerzas a nuestro favor.

 

Tareas actuales ante un fin de ciclo

La salida conservadora al ciclo de luchas que abrió el 2001, nos demanda a las organizaciones que peleamos por acabar con este sistema de explotación y opresión, una lectura certera del momento y claridad en las orientaciones y marcos de alianza.

El reconocimiento de la reconstrucción de la institucionalidad burguesa en estos años no debe llevarnos a la conclusión lineal que afirma que “nuestra principal y fundamental tarea es la participación electoral, a como dé lugar,  para intervenir en la lucha política”. En nuestra opinión, la utilización de la táctica electoral es necesaria en este momento  político  pero no puede ir separada, sino que debe estructurarse en función de la organización y acción callejera.

El ajuste en marcha generará la movilización y politización de crecientes sectores y activistas. Dicho proceso de resistencia se encontrará disputado por  una orientación que pugnará por la conciliación de clases y una que defenderá la independencia política de clase. El saliente kirchnerismo tendrá condiciones favorables para constituirse como alternativa, la combinación de peso legislativo y debilidad ejecutiva (por haber quedado fuera del gobierno nacional y de la gestión en  los principales centros urbanos) reduce la variable del costo político. Un importante sector tratará de tranzar con el PJ para no perder poder, mientras que otros se volcarán a la  calle. El  kirchnerismo abandona el gobierno con un fuerte apoyo popular que mejora sus condiciones para canalizar por la vía de la conciliación de clases el descontento popular y la politización, domesticando su potencial radicalidad.

Por su parte, el FIT tiene condiciones para crecer pero no para encabezar la resistencia. Su institucionalismo y sectarismo, la inmadurez y rencillas carentes de perspectiva a largo plazo a las que nos tienen acostumbrados marcan los límites concretos que condicionan el papel de liderazgo que pueda asumir el trotskismo en esta nueva fase de la lucha.

En el debate entre la conciliación de clases y la independencia política, el trotskismo será un aliado pero, por sus características, no podrán llegar a amplios sectores genuinos del pueblo. Por su parte, Patria Grande y varias organizaciones que comparten su perspectiva, ya se han ofrecido amablemente como mediación entre la izquierda y la conciliación de clases, funcionando en la práctica como trampolín al kirchnerismo, quitando radicalidad  a las luchas para encauzarlas en una   perspectiva sistémica.

Sostenemos que la necesaria unidad de acción con los sectores del kirchnerismo que se vuelquen a enfrentar las políticas regresivas para el conjunto de la clase no debe confundirnos. Unidad de acción sí, pero no sin disputa. Una tarea fundamental es clarificar ante la militancia las diferentes estrategias de los múltiples sectores que vamos a estar enfrentando el ajuste desde la resistencia y disputar su orientación.

En la etapa que se abre, cobra peso la tarea de no delegar nuestra representatividad política en el FIT. En las últimas elecciones hemos decidido apoyarlos, no sin críticas, porque valoramos la composición de sus listas con luchadores obreros y populares y porque levantan un programa alternativo a las diferentes variantes burguesas que solo ofertan ajuste y más represión para nuestro pueblo. Sin embargo,  no creemos que nuestros principales esfuerzos militantes tengan que orientarse a ser una colectora del FIT. Ello implica dotar de  personalidad  y  visibilizar la perspectiva de una Nueva Izquierda Anticapitalista, Antiimperialista y Antipatriarcal que se constituya como alternativa, que supere el sectarismo, que garantice la independencia política de clase y que edifique un perfil disruptivo de intervención. En ese camino, el guevarismo tiene mucho que aportar. Reconstruir la corriente es  una tarea permanente y de primera hora.

Desde la Agrupación Política Hombre Nuevo consideramos que las principales tareas para la actualidad implican: organizar las luchas para enfrentar el ajuste, aportar a la reconstrucción de nuestra corriente a la par de fortalecer un espacio político anticapitalista que, en nuestra opinión, debe asumir la forma de Frente Social y Político, que tenga como tarea principal articular acciones unitarias con otros espacios del campo popular pero sin hipotecar la fuerza propia que lentamente venimos acumulando desde aquel histórico 2001.