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Robi

A 39 años de la caída en combate de Mario Roberto Santucho y parte de la dirección del PRT-ERP

En memoria y reflexión

Hay que reconocerlo, no es fácil. Pero no lo fue nunca.
Nuestras clases dominantes han procurado que los pueblos no tengamos historia, nuestra historia.
Ni lenguaje.
Nos han impuesto su razón, su cultura, su lógica.
El sentido común y lo posible están cubiertos por su manto, y “lo natural” se transforma en “lo normal”. Y viceversa.

También están los alquimistas, especie de filántropos bienintencionados o charlatanes que se hamacan de un lado a otro. Son más difíciles de desenmascarar, porque acreditan para sí banderas y consignas que enarbolan como decorado, que puede producirles simpatía pero que no comprenden. O peor, las utilizan deliberadamente con el objeto de aplicar el placebo que aquiete por un rato…

A veces silenciosa, y en ocasiones no tanto, tenazmente afrontamos el desafío, a sabiendas de la desventaja pero con el convencimiento del que carecen los que argumentan a punta de fiscales y bastones. Nos sabemos herederos de quienes fueron entregados a las bayonetas francesas de la igualdad, la libertad y la fraternidad en mayo de 1871. Asumimos como antepasados directos a los millones que en Nuestra América fueron sacrificados para alimentar las “pujantes industrias nacientes” del capitalismo europeo y mundial. Somos los negros y las indias. Los campesinos y los obreros despojados alrededor del planeta, obligados a aferrarnos a la única propiedad que “por derecho” nos corresponde: la fuerza de trabajo.

Vivimos en un mundo injusto, no por arte de magia ni de falta de fe. No existen las desigualdades extremas que padecemos como especie porque hay quienes “no se esfuerzan lo suficiente”. Y convencidos de que hay que cambiarlo, aborrecemos el maquillaje.
Así que decimos Santucho. A viva voz.
Y decimos Guevara, y Lenin, y Marx.
Y Mariátegui, y Gramsci, y Tupac Amaru…
Y como ellos, sabemos que un hombre solo no vale nada. La conformación de un partido –del partido que como revolucionarios pretendemos– debe ser la más exacta expresión posible de la clase, a sabiendas de que es ésta quien hace la revolución, y no el partido. Pero la unidad y la construcción del partido deben también fundarse sobre criterios de profunda confianza, en la convicción de que nadie es irremplazable, pero todos imprescindibles. La nueva cultura militante por la que abogamos implica dosis de esfuerzo y abnegación pero en indisoluble ligazón con la solidaridad y la erradicación de desviaciones hegemonistas que transforman diferencias de posiciones en disputas de cartel.

Los hombres hacen la historia, pero la hacen a partir de su relación con la sociedad (y con la historia), tal cual “entran” en ella. El pensamiento y el partido revolucionario deben anticipar el devenir de la lucha de clases y prepararse de cara a los cambios de etapa y de métodos que la lucha adquiere. Y más aun, debe trabajar para que ello ocurra, evitando el mero análisis objetivo sino interviniendo con él subjetiva y materialmente. No buscamos eruditos de la revolución sino revolucionarios instruidos. Lo sabía el Che, lo sabía Santucho. Lo sabían Mariano Moreno y San Martín y Bolívar. En las revoluciones, si son verdaderas, se triunfa o se muere.
Por eso, los pasos de hoy son la preparación también y precisamente para el mañana, no como algo postergable sino inevitable, si lo que queremos es triunfar. Las consignas interpelan pero más compromete la acción codo a codo, de trabajador a trabajador.

Pero a este camino no lo emprendemos a ciegas. Contamos con las enseñanzas que nos aporta nuestro pueblo en su enfrentamiento con la burguesía a lo largo de su historia, reconociendo a la experiencia de la organización política que dirigió el Robi, el PRT, como la expresión más desarrollada de la lucha de clases en nuestro país, organización que en los 70 supo aplicar una política de masas en el plano territorial, de propaganda y en la cultura, que impulsó la creación de frentes como el FAS y el MSB, que logró insertarse en las filas del movimiento obrero logrado gran influencia sobre este, promoviendo además la unidad continental de los revolucionarios a través de la JCR, porque la lucha nacional está recíprocamente unida a la continental y mundial.
Para aquellos/as jóvenes, estudiantes, trabajadoras, campesinos, militantes, la revolución era un hecho palpable. Su posibilidad y sobre todo su legitimidad estaban a la orden del día. Lo sabía también el enemigo, y por eso utilizó el terrorismo de Estado como terrible arma disciplinante. Inimaginablemente perversa, utilizó toda su fuerza para intentar acabar con todo ese movimiento revolucionario que tenía eco en la clase obrera, y entre sus “objetivos tácticos” el PRT era “el virus” más peligroso, organización político-militar que, encima, gozaba de la simpatía y apoyo de miles.

Por ello entre nuestras tareas de la actualidad creemos importante retomar su perspectiva de poder, pero no como modelo inequívoco para reconstruir pieza por pieza, haciendo abstracción de las condiciones actuales. Es necesario que esa apropiación de los aportes a la lucha revolucionaria del PRT y del Robi Santucho -excepcional cuadro político que dio nuestra clase- sea sin la ceguera de “repetir tal cual” y al mismo tiempo, sin esconder tras “la actualización” el cruce hacia posiciones posibilistas. Decimos con Mariátegui: Ni calco ni copia. Pero tampoco tiramos al niño con el agua sucia.

La etapa que vivimos está signada por la necesidad de reconstrucción de fuerzas revolucionarias, tras la derrota y el consecuente castigo que las clases dominantes lograron imponernos en las últimas décadas, tras la aniquilación de una generación dispuesta a ganar el cielo aquí en la tierra y no en la eternidad garantizada por la doctrina religiosa que justifica en vida las peores atrocidades en nombre del progreso.

Desde la Agrupación Política Hombre Nuevo reivindicamos el carácter integral de la política que llevó adelante el PRT. Reivindicamos su lucha contra la opresión y la explotación propia de un sistema deshumanizante. Reivindicamos la necesidad de la revolución como única forma de acabar con el capitalismo. Reivindicamos la multiplicidad de frentes de acción y formas de lucha llevadas a cabo, orientadas hacia el objetivo estratégico de la toma del poder.
Reivindicamos la necesidad de (re)construir, en medio de tanto confusionismo y mediocridad política, una identidad inserta en nuestra matriz guevarista.
Reivindicamos el derecho del pueblo a organizarse en torno a demandas de clase y la necesidad de colaborar a que ello ocurra. No renegamos de la influencia de las organizaciones políticas en las masas, pero es imprescindible la acumulación efectiva en organización de éstas.
Reivindicamos el internacionalismo, que es una extensión y relación mutuamente dependiente de la liberación nacional.
Reivindicamos una forma de “hacer política” alejada de las figuras estelares y los nombres propios. Asumimos que habrá siempre compañeros y compañeras destacados y reconocidos por su labor y aporte, pero nuestro perfil militante debe luchar permanentemente contra los dejos de egolatría con los que convivimos, porque la revolución no depende de la voluntad de un individuo, sino de miles, de millones.

Nos han llamado idealistas, utopistas, blanquistas, foquistas, foráneos, terroristas, zurditos, insectos…
Entonces seremos hormigas.
Trabajadoras incansables de un hogar para todos.
Y como abejas sin monarquía, productoras de nuestra propia miel. Haremos como las arañas, y tejeremos el soporte de un entramado social que nos una, y no que nos atrape.
Nos ampara Marx. Nos susurra Lenin. Nos urge el Che. Nos convoca Santucho.
Seremos uno, una entre tantas, indistinguibles en nuestra especie, indiferenciables en nuestra clase.

Nos erguiremos, la vista al frente, el puño en alto.
La tinta, la piedra, el verso y el arma serán nuestro verbo.
Y dejaremos de ser pisoteados.

¡Robi Santucho, Benito Urteaga, Liliana Delfino, Ana María Lanzilloto, Domingo Menna, Fernando Gertel, presentes!
¡Hasta la victoria siempre!

19 de Julio de 2015  |  Agrupación Hombre Nuevo